miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 3

El corazón de la vieja detective latía a toda velocidad. ¿Un asesinato? Ya no se investigaban asesinatos. Y si algo remotamente parecido a un asesinato necesitaba investigarse, no sería ella, la detective más incompetente de la central (datos objetivos medidos y compartidos por la Inteligencia), la que se encargaría de tal investigación. Dunia llevaba dos décadas atendiendo casos de adolescentes que se desviaban al bar de camino a casa y siendo amonestada en varias ocasiones por acabar compartiendo una experiencia de opio virtual con la víctima en cuestión. ¿Dónde estaba el truco? Una parte de ella, que llevaba dormida veinte años, se estaba desperezando. Era ese sabueso que olfateaba sospechosos mejor que un escáner mental. 

Ahora sí, por fin, la Inteligencia le mostró las imágenes del caso que se le había asignado. «Suspender el juicio hasta valorar las pruebas», se dijo a sí misma, y puso los cinco sentidos, y el sexto, la intuición y el instinto, en el vídeo que la Inteligencia proyectaba en su pantalla. 

Un adolescente de unos quince años entraba desnudo en el invernadero del jardín botánico del parque de Neptuno. Las imágenes habían sido compuestas por retazos de vídeos de calidades diversas, y le daban a la escena un aire onírico, de cuento de brujas y niños perdidos. Las ramas de los sauces acariciaban la piel blanca del chico, en una composición casi teatral. El vídeo no tenía sonido, así que la figura blanca parecía flotar entre los troncos. Tras varias rápidas zancadas el chico se llevó la mano al pecho, se agazapó en un manto de petunias, bajo las ramas de un sauce, y pareció quedarse dormido acariciado por la luna. 

–¿Eso es todo? –preguntó Dunia a la Inteligencia 

–¿Qué más quieres? El chico apareció muerto por la mañana, ergo, tenemos un posible caso de asesinato. Para ser exactos, la probabilidad de un asesinato es menor del 0,01 por ciento. La probabilidad de muerte natural es de un uno por ciento, aunque podría subir dependiendo del análisis forense. Nota. No estamos autorizados a realizar un análisis forense. La probabilidad de un suicidio es del noventa y ocho coma noventa y nueve por ciento. He estudiado su perfil en Mevú[1]. La víctima tenía una baja presencia online, un alto respeto por la autoridad y un perfil de consumo similar al de un ciudadano de la tercera edad. Un suicida clásico. 

La joven Dunia, la detective, se había despertado. Era demasiado tarde para adormecerla con estadísticas. Los crímenes también son anomalías y excepciones. ¿Por qué no se puede hacer una autopsia? Y si no se puede ¿cómo piensan que se ha suicidado el chico? Tenía un millón de preguntas y empezó por la que quizá no fuera la más esencial. 

–Y si ya lo tienes todo claro, ¿para qué me necesitas? 

–Por tus cualidades intrínsecamente humanas. Las familias de las víctimas no suelen reaccionar bien a las conversaciones con Inteligencia Artificial, da igual el grado de empatía que el robot sea capaz de transmitir. 

La inteligencia fingió un suspiro y continuó con su simulación de voz melosa. 

– Aunque sea una máquina como yo, con un corazón tan grande que llega a los cinco continentes. ¡Sí! ¿Lo sabías? ¡También las centrales de Sídney y Melbourne han decidido confiar en nuestro software! 

–¿Sí? Yo confío más en los aciertos de una moneda al aire. Es más barato. 

–Ja. Ja. Ja. ¿Una broma? Deja que almacene esa respuesta en mi base de datos. No siempre estás tan despierta, Dunia. ¿Recuerdas el 23 de febrero de 2045? Yo sí. Tengo un sistema de ficheros distribuidos que hace imposible la pérdida de información. Por el contrario, el almacenamiento de datos humanos es de risa. No hacéis más que distorsionar información. 

La detective humana recordaba esa fecha como si también estuviera grabada en un disco debajo de la piel. Fue el último gran caso de Dunia Muro, la más experimentada, la mejor detective de Mildecid. Recogió pistas, las ordenó y las valoró como a las figurillas de Monsters & Dragons. Y ellas, en fila india, le mostraban el camino a seguir. Entretanto, la nueva Inteligencia, en período de pruebas en la central, había escupido un sospechoso, con el mismo esfuerzo con el que se escoge una carta de un mazo. Nadie había creído que tuviera razón. Después de dos décadas, Dunia seguía sin creerlo. 

Quizá era por culpa de ese veintitrés de febrero, pero aún hoy en día, la detective no podía evitar pelearse con el robot, lo que sólo añadía leña al fuego en el que la iban a acabar quemando, por loca. Sólo los niños y los abuelos discutían con la Inteligencia Artificial. Los profesionales debían saber distinguir cuando estaban hablando con una máquina. Cuando se dio cuenta que media central se había vuelto para observarla, decidió levantarse a recoger su café, pero entonces la Inteligencia volvió a resonar en sus oídos. 

–¡Espera! Alguien se acerca para hablar contigo. Mira que sois primitivos a veces ¿no sería más fácil llamar? Vuestro mundo está plagado de ineficiencias. Os iría mejor si confiarais en los robots. 

La policía se levantó para recibir a su visita. 

–¡Mati! ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a saludar? 

–¿Eh? No. Laura me ha asignado para ayudarte con el caso del parque de Neptuno. 

–Y ¿por qué haría eso la comisaria? El caso parece tener muy fácil solución. 

A Mateo no se le daba bien mentir. Aunque estaban separados varios metros, Dunia se dio cuenta de que le ardían las orejas. Se rascó la nuca y tardó unos buenos tres segundos en pensar cómo evadir la pregunta. 

–¡Sí! ¡El caso tiene fácil solución, no hay duda! La probabilidad… 

–¡Acércate, anda! A mi edad, el oído… ya sabes. 

–Hay soluciones quirúrgicas para eso. –gritó Mateo–. La probabilidad que la Inteligencia ha estimado para el suicidio supera con creces el umbral para la duda e intervención humana. 

–¡Bueno! Pues si lo dice la Inteligencia, no hay más que hablar. 

–Claro. Las variables que maneja… 

Dunia volvió a interrumpir 

–Sísísí. ¿qué deberíamos hacer ahora, mi querido compañero? 

–Dar por bueno el informe de la Inteligencia y comunicar el análisis a la familia, desde luego. 

–¡Una idea estupenda! ¡Vamos a hablar con la familia! 

–¿Y el informe? 

–Luego, luego –y, quitándose sus auriculares reglamentarios, se colgó del brazo de su nuevo compañero, y salió del edificio. 




[1] Mevú: Megalópolis de Universos virtuales 

Capítulo 2

El permiso de inspección interna le tenía que haber sido retirado en 2035. Pero en esas fechas, bastante caos tenían en su unidad con la implantación de la Inteligencia. Un día de estos, alguien se daría cuenta y puede que hasta se molestara en hacer algo al respecto. Hablar con un programador, con alguien de la científica. ¡Bah! Se reclinó en la silla, como si tuviera un cubo de palomitas en el regazo y observó cómo Mati entraba en el despacho de la comisaria.

Mateo Lago, alias Mati, era un joven y prometedor ingeniero de software atrapado en el cuerpo de un señor de cuarenta años. Su inevitable barriga contrastaba con los peinados y ropa de moda que le gustaba lucir. Su cazadora funcional, por ejemplo, era una maravilla. Se adaptaba al calor o al frío y reflejaba la luz en bonitos tonos turquesa. Una lástima que no la pudiera abrochar.

Empleado modelo en todo caso, varios diplomas virtuales destacaban su compromiso con el cumplimiento de las normas internas. Era posiblemente el único policía que cumplía con los objetivos de ejercicio diario prescritos para él por la Inteligencia. El único que, a las nueve de la mañana, fresco y desayunado, esperaba impaciente a Laura Temp, la comisaria, abriendo y cerrando distraído los cajones de su escritorio. Sólo pareció darse cuenta de que la dueña del despacho había llegado cuando la mano de la comisaria cerró de golpe el cajón con el que jugaba, casi pillándole los dedos. Entonces se apartó.

Laura volvió a abrir el cajón, sacó un desinfectante y un pañuelo, y se puso a frotar la superficie de la mesa y todo lo que los dedos extraños hubieran podido tocar. Por último, se frotó sus propias manos, tiró el pañuelo a la papelera, y envuelta ahora por un aroma artificial de pinos, miró a Mateo interrogante.

Cuando Laura se enfadaba la carne fofa del cuello temblaba como la de una gallina. No es que la comisaria fuera contraria a la ingeniería cosmética, como podrían atestiguar sus pómulos de muñeca. Lo más probable es que simplemente no fuera consciente de ese pequeño defecto, o sí que lo era y prefería dejarlo como único testigo del medio siglo que ya había pasado en esta Tierra. Quizá sin ese pellejo, Laura hubiera sido demasiado atractiva. Su melena rubia ceniza, ridículamente espesa, era la envidia de la central.

Gracias a la piel del cuello, nadie hubiera tenido problemas para darse cuenta de que Laura estaba molesta. Nadie, excepto quizá el detective García.

–¡Un asesinato! ¡Tenemos un asesinato! –dijo juntando las manos de emoción.

–Un posible asesinato al que no estás asignado– Le recordó la comisaria, sentándose en su escritorio y encendiendo su pantalla.

–Pero… Tiene que haber algún error. Mírala –Mateo señaló con la cabeza fuera del despacho, en dirección al océano de escritorios, y a uno en concreto–. Esta mañana estuvo otra vez discutiendo en voz alta con el algoritmo ¿Cómo puede la Inteligencia haberle asignado el caso a ella? ¿No debería haberse jubilado hace una década?

Laura respondió sin mirarle

–¡Ah! ¿Ahora resulta que la Inteligencia se equivoca?

Mateo ponderó la cuestión

–No es probable, pero es posible. Las variables con las que la Inteligencia aprende se van modificando en el tiempo. Una entrada puede perder validez en un segundo, pero seguir influenciando el resultado. Una persona física puede reaccionar más rápidamente que el algoritmo en ciertos…

Laura alzó la voz y las manos al cielo.

–¡Era una pregunta retórica! Esa mierda de robot no hace más que equivocarse.

Mateo trató de enumerar las veces en que el algoritmo se había equivocado. Hace años, al principio, quizá, pero ahora, salvando detalles menores, no podía acordarse de ningún caso en el que la Inteligencia tuviera que ser corregida por un oficial. Sin duda Laura no tenía datos fiables.

La comisaria suspiró.

–La inteligencia piensa que es un suicidio, por eso le ha asignado el caso a ella. Y ¡Qué coño! Estoy de acuerdo con la mierda del robot, pero con un niño rico de por medio vamos a ver nuestras caras a diario en todas las pantallas del país. Y no creo que la Inteligencia tenga en cuenta lo poco que me gusta que me graben. Así que te vas a pegar a Dunia y vas a solucionar esto para mañana. ¿Entendido? Mateo miraba al infinito y Laura repitió ¿entendido?

–Hubo un caso en Tokio. El mismo software. Se filtraron las imágenes del escáner con las entrevistas a sospechosos. Por eso todavía no se ha logrado admitir el escáner mental como prueba en juicio.

–¿De qué hablas?

–No se me ocurre otro caso en el que la Inteligencia se haya equivocado.

Laura tomó aire para volver a gritar, pero se interrumpió. Crema. Espuma. El aire tenía una textura dulce y amarga a la vez. El sol de la tarde calentando los escalones de la Piazza de España. La irresistible necesidad de pedir un cappuccino. Laura tocó un par de botones en la pantalla mientras murmuraba «tendría que ser ilegal».

Capítulo 1

–¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! 

Siete de Septiembre de 2054. Lunes. A las nueve de la mañana el robot de Inteligencia Artificial de la Jefatura Superior de policía de Mildecid dio los buenos días a la detective Dunia Muro. 

Dunia recibió el saludo como cada mañana, en sus auriculares reglamentarios, nada más cruzar la puerta de la unidad. Cada mañana las mismas palabras. Con el mismo tono de adolescente cachonda. Como todos los lunes, Dunia se preguntó si no había forma de cambiar la configuración de fábrica, y luego se respondió a sí misma ¡Bah! 

Dejó su cazadora en la percha detrás de la puerta. Ignorando las docenas de escritorios, con docenas de colegas, caminó hacia su mesa, se agachó con un quejido para recoger el paquete que, una vez más, el dron repartidor había dejado caer al suelo, y lo posó en la mesa sin abrirlo. Enderezó su pantalla, que ya bien podía ser considerada una reliquia de tiempos pasados, se agarró al respaldo de su silla ergonómica, imitación de cuero con rozaduras auténticas, y se sentó sin poder evitar un nuevo quejido. La Inteligencia, mientras, seguía hablándole. 

–Tengo para ti una selección de cursos de gestión personal, un ranking de clínicas equipadas para rejuvenecer articulaciones y una selección de servicios funerarios. Hay una empresa que toma trozos de tu ADN y lo implanta en semillas de melocotonero. ¿Quieres echar un vistazo? 

Dunia deseó que la Inteligencia tuviera cara para poder tirarle encima una taza de café bien caliente. Con los ojos cerrados, fantaseó un momento con otros tiempos. Días de estrechar manos, mirarse a los ojos y usar los robots sólo para aspirar el suelo. Inspiró con ganas. Café ardiendo, bien cargado, con una finísima capa de crema… podía oír una cafetera de las de su juventud burbujeando alegremente, inspirar una y otra vez el aroma penetrante. Se dio cuenta de lo que sucedía y sacudió la cabeza como si quisiera librarse de esos pensamientos. Desde luego, la publicidad estaba llegando demasiado lejos. Ya podían provocar alucinaciones sonoras y olfativas ¿qué era lo siguiente? Quizá poner de moda viejas costumbres y apostarse detrás de una esquina con un cuchillo para extraerle al posible comprador su chip bancario. Dunia sacudió otra vez la cabeza, ¡no sé dónde vamos a llegar! 

–¿Puedes desactivar la opción de recibir anuncios personalizados? 

–Lamentablemente no. Volviendo a las semillas de melocotonero… 

–Sí. Volviendo a eso. ¿Puedo saber en qué se ha basado el algoritmo esta mañana para hacer sus recomendaciones? 

–El algoritmo se basa, como siempre, en tus intereses personales, en tus actividades diarias, tus características físicas y combina datos estadísticos para ofrecerle la mejor y más personalizada de las experiencias. 

–Ya… Pero ¿en qué información, e-xac-ta-men-se te basa el algoritmo en esta mañana en con-cre-to? 

–¡Querida Dunia! Llegar al fondo de esa cuestión nos llevaría años a ti y a mí. Yo no tengo limitaciones biológicas, te recuerdo, pero tú… 

La policía suspiró. Se acordó del paquete que había posado en la mesa y lo abrió con calma, despegando cada cinta y levantando cada solapa, saboreando la cualidad física del objeto entre manos. 

–A ver, seré un poco más específica. ¿Alguno de mis queridos compañeros me ha deseado la muerte esta mañana, o más bien han enunciado mi deceso como algo inminente? 

–Lo primero 

–Muy bien –respondió la humana–. Gracias. 

Si algo había que agradecerle a la Inteligencia, es que entre ella y su interlocutor era imposible un silencio incómodo. Dunia terminó de desenvolver su paquete, y apartó el papel que contenía hasta desvelar una figurita de vinilo. Un caballero templario del tamaño de su dedo índice, de la serie de Monsters & Knights, el videojuego más popular de las últimas dos décadas. Le dio vueltas en la mano, satisfecha, y la dejó en su escritorio, junto a las otras. Una fila bien ordenada de estatuillas de dragones, zombies, y heroínas medievales. Algunas de ellas, de la primera generación del juego, podían considerarse antigüedades. No es que las antigüedades tuvieran algún valor, pero en una época que escupía una nueva versión del mundo por semana, una podía sentirse algo tranquila sosteniendo en la mano algo que le parecía más bonito cuanto más viejo. Se echó hacia atrás en la silla para admirar una vez más su colección, luego se acercó a la pantalla para pedir uno de esos brebajes sintéticos que en la era de la Inteligencia se llamaba café, y, por último, puesto que no tenía nada mejor que hacer, le pidió a la Inteligencia que le enseñara qué estaba sucediendo en el despacho de la comisaria, Laura Temp.

Prólogo II

Jano empujó la verja del patio, cruzó la autopista subterránea que separaba el castillo del parque de Neptuno, y siguió corriendo por los caminos de grava hacia el jardín botánico. Miró un segundo hacia atrás, hacia el barrio desierto. El aire silbaba una canción mientras jugaba al corro con las hojas de los plátanos. Los guijarros del camino se hundían en la piel tierna de sus pies descalzos. Cerca de la fuente de Neptuno la tierra estaba húmeda, y el barro le salpicó los muslos. Una inesperada ráfaga de viento le gritó al oído, una hoja seca golpeó su piel desnuda y Jano se sacudió gritando, como si de una tarántula se tratara. Y una vez eliminada la amenaza se detuvo, su boca abierta mordiendo el frío entre sollozo y sollozo. 

En ese momento las hojas de los robles cercanos se agitaron como cascabeles. Una cabeza se asomó por encima de las copas de los árboles, gafas de realidad virtual en la cara, a más de cinco metros sobre sus piernas biónicas extensibles. 

Jano cerró la boca, se hizo un ovillo detrás de la fuente, tiritando, y le siguió con la mirada. 

El transeúnte llegó hasta la fuente en tres zancadas, agitó varias veces una varilla electrónica y se alejó sin mirarle. Quizá sus gafas le habían registrado, pero el usuario estaba claramente más interesado en su partida de Monsters & Knights. Probablemente el juego le presentaba como un enano, o un gremlin, un ser inofensivo al que no daba puntos aniquilar. 

Jano siguió detrás de la fuente, vio al jugador salir del parque, escondió la cabeza entre los brazos y volvió a sollozar en alto hasta que recuperó la calma suficiente para incorporarse. Miró de nuevo alrededor, el parque vestido de noche, la rara vista de las estrellas encima de su cabeza. Apoyó las manos en la piedra fría de la fuente, se levantó, y siguió corriendo hasta entrar en el jardín botánico, mirando de vez en cuando por encima de su hombro. 

La puerta estaba abierta. Como todo. Los avances de la era de la información habían acabado con el vandalismo. Se estimaba que en zonas densamente pobladas había un dispositivo con vídeo cada dos metros. Las gafas de realidad virtual y las pantallas personales, pero también los vehículos autónomos, que recogían imágenes de la carretera, las cornisas de los edificios, para estudiar patrones de conducta de los peatones, las palomas, para analizar comportamientos e interacciones de la especie y, por qué no, recoger bonitas vistas desde el aire. Jano podría apostar los helados y doloridos dedos de los pies a que algún tipo de dispositivo electrónico colgaba de los bigotes de Neptuno. 

De pequeño había soñado con que los avances tecnológicos de su época le darían un hermanito robot. «Bendita inocencia» había dicho su padre, sacudiendo la cabeza. «La inteligencia artificial no tiene cara y desde luego no siente, eso es ciencia ficción. Lo que puede hacer es decidir la política de impuestos, y hasta eso lo pongo en duda viendo lo que tengo que pagar este año. En fin, ¿quieres un hermanito sin cara?». 

Así que Jano no tenía hermanos. Pero tenía un mayordomo. Era un juguete que sus padres habían traído de China. Tenía cara, pero el cuerpo era una sola pieza casi redonda, sin articulaciones, y vestida con un traje tradicional: una bata de un rojo brillante decorada con dragones dorados. La cabeza estaba cubierta de piel beige artificial y coronada por un gorrito negro, y tanto ella como los ojos rasgados podían moverse para expresar diez emociones de serie, más las que aprendiera en su familia adoptiva. El muñeco se conectaba al ordenador central de la casa y hablaba con los habitantes, como si fuera él quien controlaba la temperatura del agua, y ofrecía la ilusión de que el programa central se preocupaba de si los habitantes habían pasado una buena noche. Pero el mayordomo no podía sentir nada, eso era cierto. Cuando llegó a casa y durante una semana, a Jano no se le ocurrió otra cosa que hacer con él que insultarle y el muñeco sólo ladeaba la cabeza con una mueca triste y preguntaba «¿No te encuentras bien?». Más tarde incluyó las palabras en su vocabulario, y se las devolvía a Jano en construcciones bastante naturales para una máquina de antigua generación «Jano, ¿no es hora de hacer algo de ejercicio? Te vas a convertir en una máquina grasienta que nunca sabrá lo que es el amor. Jajaja». 

El juguete también estaba programado para copiar reacciones humanas. Decía «¡Ay!» si alguien se tropezaba con él, y hacía un sonidito como un ronroneo cuando Jano le tocaba la cara. Su madre hacía un sonido parecido al abrazarle cuando ya tenía puesto el pijama, antes de dormir, y al principio a Jano le había resultado algo desagradable la imitación, como el tacto de la piel falsa al pasar el dedo por la mejilla del mayordomo. Luego se había acostumbrado. Como a todo lo demás. 

El aparato incluía las funciones típicas de cualquier dispositivo electrónico estos días. Podía poner música de acuerdo al humor del usuario, localizar objetos perdidos, recitar las obras de Shakespeare con la voz de cualquier famoso, y ofrecía primeros auxilios. El tipo de funcionalidad con las que uno juega dos días y después desactiva. Sólo la madre de Jano pedía al mayordomo que leyera libros. Por la razón que fuera, a su madre le gustaba el suave deslizar de la bata roja en las láminas de falsa madera del salón y el hipnótico balanceo de la cabeza puntuando las frases. Su madre necesitaba oír apenas las primeras palabras de La Insoportable Levedad del Ser para caer roncando en el sofá. 

Pero por mucho que su madre siguiera preguntando al mayordomo si Jano ya había llegado a casa, y si había desayunado como dios manda antes de salir, hacía tiempo que los robots como él habían pasado de la sección de Inteligencia artificial de las páginas de tecnología a la sección de cinco a nueve años de los catálogos de las jugueterías, y sistemas inteligentes sin cara y sin voz habían tomado el control de las casas, los gobiernos, el suministro de agua potable, las salas de cirugía del hospital y se anunciaban orgullosamente en cualquier comunicación oficial. «Surgic3x2I se ha hecho cargo de su operación. El ministerio de salud le desea una sana y feliz tarde». Cuando finalmente pudieron convencer a su madre para que entrara en el quirófano, tuvieron que decirle que un cirujano de carne y hueso humano supervisaba las decisiones del Software. «¡Bendita inocencia! ¿Quién puede creerse que una pobre mente humana sea capaz de supervisar decisiones tomadas considerando millones de variables en apenas un milisegundo?». 

Jano estaba sin duda siendo grabado en ese mismo instante, incluso entre las plantas aromáticas, bajo un techo de cristal con reflejos de estrellas. Alguien sin duda veía a Jano correr, veía cómo le faltaba la respiración, como se arrodillaba a los pies de un sauce y se llevaba las manos al pecho. 

Aunque, por supuesto, el universo intangible que controlaba su existencia sólo tenía un interés estadístico en su paseo por el parque.

Prólogo

Seis de septiembre de 2054 



La piedra artificial engañaba sin problemas a los ojos, pero no a las manos. Al tocar las paredes del castillo, el visitante no podía evitar pensar que se encontraba ante un juguete de treinta metros de altura. El capricho de un niño grande con acceso a una impresora industrial y un libro de cuentos de princesas. Torres coronadas de gorros rojos, entre cuyas almenas bien podía asomarse un arquero de extremidades rígidas y flechas de plástico. 

Las exóticas mansiones del barrio Olimpo, construidas en los años dos mil cuarenta, estaban gestionadas por lo último en software de Inteligencia Artificial. State-of-the-art. El Taj Mahal de plástico, el edificio de inspiración art-decó, las atrevidas Petronas… todas contaban con un mayordomo, ama de llaves, y director de entretenimiento invisible que controlaba la temperatura, repartía aire limpio con olor a rosas y cítricos en las habitaciones, proyectaba en las pantallas de la casa el nuevo capítulo de una serie de moda, y daba cuerda al reloj de oro que decoraba la mesita del salón. 

A las nueve de la noche del seis de septiembre se registró una anomalía en el castillo. La puerta de entrada no solía abrirse a esas horas, ni los habitantes de la casa solían salir tan tarde. La Inteligencia Artificial tomó nota, cerró la puerta, y, presumiblemente, volvió a sus tareas.