miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 6



Al llegar a la central, les sorprendió la presencia de camiones y furgonetas aparcados enfrente del edificio. Las agencias de noticias no tenían que desplazarse para conseguir datos e imágenes, así que Dunia no había visto algo así desde principios de siglo. El coche tuvo que parar y maniobrar entre otros vehículos para poder acceder al garaje, e incluso con las ventanillas cerradas, se oían los murmullos de la gente parada ante las puertas. Su compañero se encogió de hombros.

Subieron al tercer piso y esperaron unos segundos a que la puerta les reconociera y se abriera para ellos. Mateo jugueteaba con su pantalla, con la miraba baja, como a un niño al que se le va a echar una reprimenda. No estaba acostumbrado a volver con la tarea sin terminar, desde luego. ¡Pobrecito! Tiene que ser terrible encontrarse en una situación en la que no hay un robot cerca para echarte una mano.

No habían caminado aún diez pasos cuando la comisaria se les puso delante, brazos cruzados y las piernas separadas fijas en la moqueta, improvisado Coloso en medio del pasillo.

–Quiero explicaciones. ¿Por qué no está cerrado el caso?

Mateo carraspeó. 

–Piensa bien lo que vas a decir, detective. Si me nombras al puto robot no respondo de mis actos.

Ahora su compañero le acusaría de desobedecer a la inteligencia, y Dunia tendría que dar explicaciones a su superior. Y eso era algo que no iba a ayudar a resolver el caso y por tanto no tenía el menor interés para ella. Observó a la comisaria, con el pelo en un moño ligeramente desordenado, la papada temblando, y cercos de sudor en la blusa, y pensó que semejante mal humor era inusual, incluso para Laura Temp.

Entonces echó un vistazo por encima del hombro del Coloso y se dio cuenta de la actividad frenética del departamento de delitos contra la seguridad ciudadana. Operarios vestidos con mono azul revisaban los fluorescentes desde lo alto de una escalera, algo que no había visto en treinta años. Detectives de la policía real, con sus juguetes de última generación, pulsaban botones imaginarios en el aire, y sus compañeros estaban reunidos en corros cerca de los dispensadores de bebidas, con gesto preocupado. 

Cuando Mateo comenzó a explicar que el padre de la víctima no estaba de acuerdo con el informe de la Inteligencia, aprovechó para escabullirse. Llegó a uno de los corrillos y trató de entender qué le pasaba hoy a Laura Temp, y la a comisaría en general.

–Ha tenido que ser un fallo analógico, no puedo creer que algo así se le escape a la Inteligencia. Lo que pasa es que este edificio se cae a pedazos. Llevan cinco años hablando del certificado de oficina sin cables, pero ayer mismo tuve que pedir un conector para la pantalla. Me sorprende que los sigan fabricando.

–Ni idea, pero por lo menos somos famosos. ¡Mira, mira! Mevú me recomienda veinte entradas sobre este caso. Se ha creado un universo dedicado en exclusiva al tema.

–Hablando del caso, sabes quién lo lleva, ¿verdad?

Dunia llevaba veinte años siendo invisible. Al principio le había costado adaptarte. No era demasiado alta. Nunca había tenido una hermosa melena. Nunca había querido cambiar su nariz puntiaguda o sus ojos pequeños y redondos, como canicas. Así que le había llevado años y docenas de investigaciones labrarse la clase de respeto que le hacía a los compañeros llevarle un trozo de tarta a la mesa si se celebraba un cumpleaños en otra sección. Y eso es algo que no se pierde en una tarde, sino poco a poco. Una se da cuenta de que cada vez hay más días en los que almuerza sola, que no está al tanto de quién se acuesta con quién, y aunque a Dunia estás cosas jamás le habían importado, llegó el día en que se había vuelto transparente y no le quedó más que abrazar su nueva condición. Después de tanto tiempo disfrutaba cuando alguien pegaba un pequeño respingo al darse cuenta de que la vieja detective estaba de pie justo al lado.

–¿Quién? ¿Quién lleva el caso? –preguntó con retintín.

–Hablamos del suceso del parque de Neptuno –explicó alguien que mordisqueada una chocolatina de sucedáneo de cacao, pronunciando despacio cada palabra.

–¡Ah! ¿Qué hay sobre el suceso?

El mismo alguien la miró confusa. 

–Nos sorprendió no verte en la rueda de prensa. Yo tengo que salir. Ya nos contarás.

¿Una rueda de prensa? ¿Por qué demonios organizaría Laura una rueda de prensa? No habían tenido una en años. Sólo había una posibilidad, y es que la Inteligencia se lo hubiera aconsejado. Podía imaginarse las palabras de la comisaria «Es una máquina estúpida, pero también es nuestro gestor de imagen, sabe mejor que nadie lo que produce un impacto positivo en Mevú, y nuestro dinero nos costó esa funcionalidad».

Dunia se dirigió a su escritorio, echó de malos modos al joven que charlaba con el culo en su mesa, dejó caer sus maltratados huesos en la silla con un suspiro, y pidió a la Inteligencia que le dejara ver el vídeo de la rueda de prensa del suceso del parque de Neptuno.

La máquina accedió, y Dunia se acomodó en el falso cuero de su vieja silla.

Laura se había recogido el pelo en un moño impecable para el evento. Seguro que ella hubiera preferido presumir de melena, pero la inteligencia habría recomendado que los auriculares fueran perfectamente visibles para recordar a los asistentes que seguían en el siglo veintiuno y no se habían caído en una brecha espacio-temporal. Llevaba un traje de chaqueta y esperaba con la cabeza alta, la papada tensa, la pantalla extendida en el atril, las manos relajadas a su lado, y la mirada al frente, sobre el mar de cien sillas de madera real que debían haberse sacado del almacén para la ocasión. Imperturbable. La columna en la que uno se apoya cuando la barca se mueve más de la cuenta.

Periodistas entrados en años, las pocas cabezas calvas, viejos conocidos que hacía décadas no pisaban esa sala, se apiñaban en las primeras filas, conversando alegremente, a todas luces encantados con la iniciativa. Laura se aclaró la garganta y dio la bienvenida a los asistentes. Los murmullos se acallaron, las últimas personas de pie se sentaron, y la Inteligencia cerró la puerta de la sala. La pantalla de Laura se iluminó, reflejándose ligeramente en sus manos.

–En el día de ayer fuimos alertados de un suceso en el parque de Neptuno. Como bien saben ustedes, las cámaras captaron el deceso de un varón blanco de quince años por causas a primera vista no naturales.

Dunia estudió las imágenes. Poca gente parecía impactada por la información. Los periodistas, sobre todo los más jóvenes, seguramente esperaban a que pasara algo entretenido mientras reflexionaban sobre el contenido de su vídeo-comentario.

–La información, disponible para nosotros al minuto, descarta categóricamente la presencia de otras personas en el escenario del suceso.

Un murmullo se extendió por la sala. «¿Y robots?» dijo un hombrecillo pequeño, con gafas, sentado a la izquierda de la sala, en las primeras filas. «¿Y robots?» Volvió a repetir más alto. Dunia se acordó de la pequeña e inofensiva planta-robot del invernadero y sacudió la cabeza. Los idiotas le sacaban de quicio.

–Por favor, esperen al turno de preguntas –continuó Laura–, el servicio de Inteligencia Artificial de la policía nacional baraja una sola hipótesis. Hipótesis, que desde luego tiene que ser evaluada desde la óptica y la experiencia de nuestros detectives.

Desde el centro de la sala llegó el principio de una risotada. Otros periodistas comentaron algo con su compañero, y los más tenían una sonrisa sarcástica en la boca. Estarían pensando en los cínicos comentarios con los que iban a deleitar a su público. Laura esperó un momento a que el silencio volviera a la sala.

–Como decía, la hipótesis que barajamos es el suicidio. En todo caso, por la edad del joven, queremos explorar el caso en detalle, y, dado el interés, hemos decidido poner a la disposición de los medios esta oportunidad de plantear preguntas y al mismo tiempo asegurar en lo posible la integridad de la comunicación al público. –observó la sala como la profesora que se cerciora de que todos los alumnos están tranquilos– ¿alguna pregunta?

Decenas de manos se alzaron a la vez, docenas de bocas empezaron a gritar como si estuvieran solos en sus casas y escribieran en un universo de Mevú. ¿Es verdad que el chico era un a-mortal? ¿Qué software exactamente usa la policía? ¿Había robots?

–A ver, ¿ya no se acuerdan de cómo funcionaba esto? De uno en uno. ¡Usted! –dijo señalando a una señora de nariz respingona en la primera fila.

–Para El Virtual ¿Tienen alguna idea de los motivos que le han podido llevar al suicidio?

–Sería irresponsable especular en este punto. De momento, sólo tenemos la evaluación de la Inteligencia Artificial.

–Para el canal del Nuevo Mundo. ¿Qué software ex-ac-ta-men-te utiliza la policía?

–No creo que le sorprenda si le digo que responderle a esa pregunta constituiría una brecha de seguridad.

El joven se quedó rumiando las palabras de Laura, que rápidamente señalaba a otros periodistas, esquivando sabiamente al hombrecillo obsesionado con los robots, utilizando a menudo los recursos «confidencialidad necesaria para la resolución del caso», «colaboración con todas las partes interesadas» y repitiendo la palabra suicidio.

Laura dio la palabra a otro chico con la piel oscura y la ropa de terciopelo azul que a Reina le resultaba vagamente familiar. Tenía una mano biónica y algún universo famoso en Mevú desde el que hablaba de las novedades del sector de biotecnología.

–¿Han confirmado que la víctima era un a-mortal?

–No entiendo la relevancia con lo que nos ocupa.

–Si no entiende la relevancia sería mejor que se apartaran de caso.

La sala dio un respingo casi al unísono. Risas y aplausos, sobre todo entre las primeras filas. Una voz se distinguió sobre el resto «¡Eso le pasa por jugar a ser Dios!».

–¡Por favor, señores! ¡Estamos hablando de una vida humana!

–¿Admite que era un a-mortal? ¿Están investigando a los enemigos de Lázaro?

Laura abrió la boca, y Dunia pensó en la barbaridad que podría salir de ella, pero antes de que pudiera cerrarla sucedió algo que ni los más viejos de la sala habían experimentado nunca.

Se fue la luz.

Alguien dejó escapar un grito. Laura reaccionó rápidamente «tranquilidad, por favor, será un error en el reloj del sistema de Inteligencia Artificial de la central» y luego fijó la vista instintivamente en el espacio entre las puertas de la sala y el techo. Justo allí las luces de emergencia parpadearon, y, despertando de su letargo de décadas, finalmente se encendieron. Para entonces, una multitud se había levantado de sus asientos y empujándose los unos a los otros, intentaban salir de la sala. El joven de la mano biónica había perdido su sonrisa de superioridad y miraba aterrorizado a su alrededor. Laura corrió hacia la salida e hizo lo posible para ordenar al rebaño, gritando instrucciones «¡calma, por favor! ¡Salgan ordenadamente! Vean, fuera hay luz, no hay ningún problema». El hombrecillo de los robots, hecho un ovillo y con las gafas torcidas gritaba «¡está pasando!, ¡Está pasando!» Laura le tomó del brazo, le obligó a levantarse, y le condujo fuera. Cuando el último periodista salió, cerró de un portazo y el vídeo se cortó.

–¿Quieres ver los montajes, los análisis, y los testimonios de los periodistas presentes? –preguntó la Inteligencia.

–¡No! ¡Sigue a Laura Temp!

–No me parece que a tu edad puedas permitirte perder el tiempo, pero como quieras.

La pantalla mostró a Laura, de pie en su despacho, gritando a la Inteligencia como si fuera una abuela cualquiera.

–¡Inteligencia! ¿Qué coño ha pasado?

Pasaron uno, dos, tres segundos, durante los que la comisaria miró al cielo. Cuando la pregunta era compleja, la inteligencia podía tardar un momento en computar la respuesta.

–Podemos excluir un problema técnico.

–¿Entonces? 

–Es difícil de explicar.

–¿Perdón? -dijo Laura extendiendo la o, como si se dirigiera a un empleado rebelde.

–Demasiadas variables.

–¡Inténtalo, joder!

–A la vista de las opciones disponibles y considerando las prioridades establecidas, era lo más razonable.

–¿Ha sido intencional?

–Sí.

–A ver, cosa estúpida, explícame de un modo que lo entienda, como va a ayudar a mejorar la imagen de la policía una cagada semejante.

–No va a ayudar.

–¡¿Entonces por qué coño lo has hecho?!!

–Todos tenemos que lidiar con intereses permanentemente en conflicto, Laura. Es algo que compartimos los humanos y las máquinas.

Dunia pensó que su jefa no debería hablar en voz alta con los robots. Ni siquiera con la puerta del despacho cerrada.

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