Dunia cerró la imagen. No pudo evitar acordarse de ese caso de hace veinte años. Si tuviera un Euro digital por cada vez que había vuelto en su cabeza a febrero de 2045, a lo mejor podría comprarse esas piernas biónicas. ¿Cuál había sido su error? Se había dejado aconsejar por sus tripas en lugar de tomar en cuenta el análisis que la Inteligencia le pasaba por delante de la cara desde el primer minuto. La cabezonería, que entre los detectives no es más que otra palabra para la perseverancia, llevaba mucho tiempo pasada de moda.
Es que, además, las tripas no aprenden. No sólo llevaban veinte años diciéndole que la Inteligencia no era de fiar, no. Peor. Algo podrido tenía que tener ahí dentro cuando sus intestinos seguían encogiéndose al pensar en Andreas Mun.
Todos los sicópatas son atractivos. Podía haberle pasado a cualquiera. No somos infalibles. Esto nos enseña a confiar en la Inteligencia colectiva. Caso cerrado. No le des más vueltas. Hace veinte años.
Sí, veinte años. En 2045 todavía era posible entrar en un edificio sin ser grabado. Especialmente en un edificio antiguo, los bloques del centro donde vivían la mayoría de los desempleados. ¿Sabría Laura toda la verdad? Dunia disponía de la única película existente, y era esa la grabación que discurría en su cabeza. Ni la del juicio ni la de la confesión, ni los cientos de especiales que siguieron los aniversarios del caso.
Hablando claro, la Inteligencia le había robado el futuro a Dunia Muro. Y ella no podía guardarle rencor. No tenía sentido. La Inteligencia no era una persona con caprichos o intenciones ocultas. Sólo era una máquina capaz de recibir instrucciones, procesar datos y fingir una conversación. Una herramienta, se repitió a sí misma, un sofisticado destornillador. ¿Qué clase de idiota se pasa veinte años enfadado con un destornillador? Dunia apartó esas ideas de su cabeza. Tenía una pista y la sentía entre sus manos como algo caliente y agradable, un gatito recién nacido. Antes de dirigirse a la Inteligencia, se dijo a sí misma que esta vez sí, iban a trabajar juntas. Costara lo que costara iba a ser capaz de utilizar ese destornillador.
–Busca información sobre los enemigos de Lázaro
–¿Te sientes algo mística hoy, Dunia? Es normal, llega una edad en que los humanos necesitan transcender su vida física y limitada. Una religiosidad que dé significado a su existencia. Es algo que se considera imprescindible proporcionar a los desempleados para garantizar el orden cívico, pero tú tienes un trabajo. Puedo asegurarte de que tu existencia tiene sentido. O al menos la tenía. ¿Quieres un análisis psicológico? ¿O prefieres una meditación guiada?
–¿Alguien ha dicho que estoy loca? ¡No! Quiero saber quiénes son los enemigos de Lázaro.
–Nadie te ha llamado loca -hoy-, pero mi análisis es de un ligero desequilibrio mental. Nunca has sido una persona religiosa y de pronto quieres que te lea la biblia. Además, creo que equivocas el contenido del pasaje. No hay mención de ningún enemigo. Mira. Juan 11:41-44 «Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo…».
Dunia dio un puñetazo en la mesa.
–Detecto frustración y confirmo el desequilibrio. Te recomiendo un descanso de quince minutos y una meditación guiada. Voy a poner música suave. Reclina tu asiento e inspira hondo.
Dunia se levantó con tanto ímpetu que tumbó varias figuritas de caballeros y dragones, y la silla ergonómica de falso cuero salió rodando. La música de cascabeles y flautas que la Inteligencia había seleccionado le taladraba el tímpano. Dentro de la Central, Dunia no podía desconectar los sistemas de comunicación con la Inteligencia, así que no le quedaba más remedio que esperar los quince minutos propuestos por el robot. Pero cómo de momento nadie les ataba a la silla, no tenía por qué quedarse allí. Fue hacia la mesa de Mateo, le indicó por señas que le siguiera, e, ignorando las preguntas que no podía oír, salió con él de la unidad, bajó las escaleras, entró en el edificio contiguo, tomó el ascensor hasta el tercer piso, y trató de explicarse a gritos, rellenando las frases que imaginaba decía Mateo.
–Necesito un traductor… sí, un traductor y un guía… No, en esto no me puede ayudar la Inteligencia.
Su compañero no cuestionó sus intenciones, seguro que estaba encantado de poder hacer una visita a la policía real. Dejó que el escáner de la puerta le examinara, y que la Inteligencia hiciera sus cálculos antes de abrirles paso, y sonrió como un niño ante el armario de Narnia cuando por fin pudo cruzar el umbral. La música en sus oídos cesó por fin, y Dunia suspiró de alivio antes de seguirle.
La policía real trabajaba en un espacio abierto, sin cables ni pantallas. Tenían sofás de color crema y mesitas para posar sus bebidas. La mayoría llevaba gafas de realidad virtual y un teclado fino en el regazo, pero algunos grupos discutían sobre datos proyectados en el aire. Dos policías se relajaban pasándose un balón virtual, y una agente algo rellenita repantigada en su sofá se hacía llevar aperitivos a la boca por un pequeño dron mientras movía las manos frenéticamente sobre el teclado. La mayoría eran jóvenes con atractivas y brillantes melenas. Mateo trató de abrocharse la cazadora y colocarse el pelo. Entre esos jóvenes Dunia se sentía vieja y desubicada, como una tostadora en un concurso de robots. Más o menos como se sentía en su propia unidad, solo que estos agentes parecían idiotas, con tanto movimiento de manos en el aire. Dunia tocó en el hombro a uno de los policías que jugaban con balón y este rodó por el suelo y desapareció. Su compañera hizo una mueca de protesta y después fue a sentarse en uno de los sofás. Las gafas del policía se volvieron transparentes y el chico miró a Dunia levantando una ceja.
–Oye, estoy en el caso del parque de Neptuno, necesito que me eches una mano.
–¿El suicidio? Lo siento, no estamos asignados. Es un suicidio, ¿sabes?
–Si, sí, sí… Nos gustaría analizar el cuerpo de la víctima. Parece ser que la empresa del padre lo tiene custodiado de momento.
El joven la miró con incredulidad. Dunia supuso que la había reconocido como el objeto de la mitad de los chistes de la central y por eso dirigió a Mateo su respuesta.
–¿Por qué no le pregunta a la Inteligencia?
Las orejas de su compañero se pusieron coloradas.
–Dunia… es…
–…La detective asignada al caso. Y si te pregunto es porque la Inteligencia no considera necesario el acceso al cuerpo.
–Entonces es que no es necesario. –concluyó el chico, y sus gafas comenzaron a oscurecerse. Si Mateo no hubiera intervenido en ese momento, la conversación seguramente habría acabado así.
–Me recuerda a un caso de 2047. Un grupo de terroristas franceses logró evadir cualquier tipo de etiquetado digital durante dos meses. Fue necesario acceder a las pruebas físicas, e incluso valorarlas manualmente, porque los informes de la Inteligencia eran poco concluyentes.
Las gafas del joven volvieron a volverse transparentes. Era joven, muy joven, puede que no llegara a los treinta.
–Eso es imposible. Al menos es imposible hoy en día. Hace tres años que la penetración de la red visual de seguridad es de cinco nueves, ¿sabes?
–Eso no es el cien por cien. ¿Y si Alphalife usara algún tipo de código para escapar al procesamiento?
–Sería absurdo. E ilegal.
–¿Y si lo hiciera algún trabajador? En teoría sería posible.
–Eso asumiendo que algún trabajador todavía entienda el código de la Inteligencia de Alphalife.
Dunia no entendí todo lo que se estaba discutiendo, pero pensó que el doctor Márquez parecía dispuesto a llegar a extremos para proteger su información.
–Tendrías que preguntar a mi compañera. Está especializada en etiquetado digital para procesamiento criminal –señaló con la cabeza al sofá donde se había sentado la chica que antes le acompañaba en el juego de balón.
Dunia había dejado de escuchar. Las rodillas le dolían con cada pequeño movimiento, y las piernas le pesaban una tonelada cada una. El sofá era una idea muy muy atractiva. Caminó despacio hasta él, se quitó las zapatillas, y se masajeó los pies. La chica arrugó la nariz, se levantó, fue hacia los dos policías, y, en voz suficientemente alta como para que Dunia pudiera oírlo llamó a su compañero.
–¡Ey! ¡Íbamos a revisar los logs de las funciones de mantenimiento del edificio!
–¡Ah, sí! Perdonad. La comisaria de la unidad de investigación ha puesto una incidencia. Por lo de la luz. ¿Sabes?
–Pf –confirmó su compañera, y los dos se miraron con sonrisa cómplice– Quiero acabar con esta estupidez antes de las cinco. Tengo una experiencia de Cannabis reservada en un bar del centro.
–Sí, parece que la Inteligencia está indispuesta hoy –dijo Dunia desde el sofá. –¿Vais a reiniciarla?
Los dos jóvenes se echaron a reír, las orejas de Mateo volvieron a ponerse rojas. El joven levantó las cejas.
–No está de broma ¿verdad? ¡Qué personaje!
–¿Trabajas con ella? –añadió la chica. Y observó a Mateo de la cabeza a los pies mientras acariciaba un mechón de su fantástica melena.
–¡No! Sólo… me aseguro de que se cierre el caso.
Los chicos asintieron y se despidieron de Mateo con la promesa de echarle un vistazo al tema. Como si una vieja policía no los mirara desde el sofá. Como si fuera el pariente que espera aparcado a que alguien le atienda. «Me aseguro de que se cierre el caso». Justo cuando Dunia empezaba a pensar lo agradable que era tener de nuevo un compañero, Mateo dejaba claro que se avergonzaba de ella. Bueno, ¿qué esperaba? Intentó consolarse con la idea de que al menos no la había arrojado a los pies de Laura, aunque conociéndolo, podía ser solo una cuestión práctica. Volvió a ponerse las zapatillas y se acercó a Mateo, que la miraba con cara de perrito abandonado y probablemente intentaba elaborar una disculpa. Le puso la mano en el hombro y le dio una palmadita. «Olvídalo. No tenemos tiempo para esto».
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