Las risas de unos niños que juegan en la calle. El ruido de un motor, un tubo de escape. Sonidos y olores diseñados para llevar a gente como Dunia a un día cualquiera de su niñez. Y ahora que el cliente piensa en esos años, en su juguete favorito, en su madre, en la sopa de gérmenes que era el patio del colegio, es el momento de proponerle una experiencia únicamente vintage en algún teatro del centro. «El Rey León vuelve a sus pantallas. Un espectáculo que se disfruta mejor acompañado del perfume de palomitas de maíz. Puede adquirir sus palomitas en las taquillas automáticas».
No son palomitas. Pensó Dunia. No son más que un sucedáneo sin grasas, ni sal, ni maíz real. Dunia tendría que aguantar publicidad de artículos vintage durante días. Llevaba varias horas sentada delante de su anticuada pantalla, buscando en las redes sociales de hacía veinte años los orígenes de la empresa Alphalife. Sería un milagro que los enemigos de Lázaro aparecieran entre las páginas de autopromoción de la empresa y los artículos que hablaban esperanzados sobre una segunda juventud a los cien años, pero Dunia había aprendido a dejar espacio a los milagros, sobre todo cuando parecía no haber espacio para otra cosa.
Mientras tanto, su compañero debía aprovechar que ahora era íntimo de la policía real para forzar al doctor Márquez a permitir la autopsia al cuerpo. ¿Qué estarían haciendo con Jano en Alphalife? Fuera lo que fuese, las probabilidades de encontrar respuestas en el cuerpo disminuían con cada día y una vieja detective no podía entender que las cosas hubieran cambiado tanto como para que la policía investigando un posible asesinato no tuviera acceso a la pieza física de evidencia más fundamental de todas: el cuerpo de la víctima. En su cabeza, un cuerpo valía más que un universo de unos y ceros, pero, al parecer, ese tipo de pensamientos eran precisamente lo que demostraban que la policía no alcanzaba a entender cómo debía funcionar una unidad de investigación moderna. Dunia suspiró y se concentró en su pantalla.
La empresa Alphalife había sido creada oficialmente a mediados de los años dos mil treinta, aunque algunos artículos fechaban el comienzo mucho antes, con la unión de varias organizaciones filantrópicas dedicadas a solucionar el problema de la muerte. Durante casi una década lo único que se oyó de la aventura empresarial fueron los rumores más descabellados, hasta llegar al punto en el que una cadena de televisión nacional dio por cierta la historia que hablaba de ingentes cantidades de plasma adquiridas por la central de California para alimentar a un ejército de coballas zombie, y a su fundador, que había muerto hacía tres años mientras volaba en su prototipo de planeador autónomo.
Quizá a raíz de ese incidente, Alphalife modificó su estrategia, al menos de cara al público. Dejó de hablar de la inmortalidad, y pasó a comercializar sus productos, algunos de los cuales, cremas, o prendas de vestir, parecían sacados más bien de una tienda china de principios de siglo, que de uno de los centros científicos con más presupuesto del planeta. Era la década de los cuarenta. La sociedad poco a poco se había vuelto más pragmática.
La biotecnología de Alphalife se volvió tan sofisticada como inaccesible a principios de los cincuenta. Los zombies, por fin, pasaron de moda. Los a-mortales, esos humanos que con un poco de mantenimiento podrían vivir para siempre, volvían a ser una posibilidad, aunque cara. La sociedad había pasado de tener miedo del monstruo, a tenerle sólo envidia.
Dunia se empapó
bien de las ideas más descabelladas que pudo encontrar, pero por cada tarado
que prometía conocer el emplazamiento de todos los laboratorios biomecánicos y
amenazaba con liberar allí una bacteria de fabricación propia, había millones
de ciudadanos de bien, que tenían las esperanzas de su descendencia puestas en
la empresa y no iban a tolerar tal cosa. Si alguien había amenazado seriamente
la empresa Alphalife, parecía ser un lobo solitario que de un modo u
otro había dejado de ser un problema hacía años.
Entretanto eran casi las ocho de la tarde y Dunia empezó a notar los ojos resecos, y el cuello pesado. No quedaban policías a su alrededor. Sin crimen, las horas extras eran un recuerdo borroso de principios de siglo y todos los que frenéticamente revisaban luces e interruptores, y los que buscaban una noticia con la que entretener a su audiencia, se habían ido ya a sus casas. La Inteligencia llevaba un buen rato recordándole que, por su salud, lo mejor sería que se fuera también. Especialmente a su edad, lo más importante es descansar. Quizá solo por llevarle la contraria, empezó a ver un vídeo que hablaba de las conexiones de Alphalife con otros gigantes de biotecnología.
–¡Detective! –La voz de Laura Temp interrumpió la conexión. –Mecagüen… Tenía delante una hamburguesa recién salida del grill cuando me ha llegado una notificación de la central. ¿Qué haces ahí todavía? Dime por favor que estás aprobando el informe de la Inteligencia y vas a cerrar esta pesadilla de caso.
–Sí. Estoy en ello. Es que no encuentro el botón.
–Ja. Ja. Como si no nos conociéramos. ¿Tienes algo más sólido que una intuición para mantener el caso abierto?
–No.
–Ya. Pues cierra esa pantalla, y por todo lo sagrado, aléjate de esa cosa estúpida de robot, aclárate las ideas, utiliza esa mente racional que te dejaste aparcada en algún momento del dos mil treinta, y vuelve mañana a contarme que tu intuición ha tenido una epifanía por la noche y vas a cerrar el caso.
–Muy bien.
–¡No me provoques, Dunia! ¡No me provoques!
Puede que
alejarse del robot fuera lo que necesitaba. Hace años subiría a la azotea,
dónde algún compañero tendría una cerveza en la mano. Charlarían sobre el caso
y vería algo que se le había escapado. Ahora el alcohol era de mentira, y sus
compañeros no sabían tener ideas. Dunia apagó la pantalla y se puso la
cazadora. Una partida de Monsters & Knights le subiría la moral. Apagó
la pantalla pensando todavía en Laura Temp y en lo poco que envidiaba su
situación. A estas horas todos los canales de conocimiento en Mevú debían
seguir hablando del caso del parque de Neptuno y la fallida rueda de prensa. Y
para colmo la pobre tenía que conformarse con carne de mentira.
Dunia salió del
edificio, y se dejó acariciar por los últimos rayos de sol del día. Antes de
desactivar sus auriculares sacó su pantalla de bolsillo e hizo una última
búsqueda. «Alphalife». Pensó un momento cómo iba a seguir, riéndose de su
ocurrencia añadió la palabra «Asesinato», y dejó que el vídeo seleccionado por
la inteligencia apareciera. Acababa de poner un pie en la carretera para cruzar
la calle cuando un vehículo autónomo pasó a toda velocidad. Dunia sintió que
volaba por los aires, todos sus huesos chocando contra el asfalto, y después no
sintió nada más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario