miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 2

El permiso de inspección interna le tenía que haber sido retirado en 2035. Pero en esas fechas, bastante caos tenían en su unidad con la implantación de la Inteligencia. Un día de estos, alguien se daría cuenta y puede que hasta se molestara en hacer algo al respecto. Hablar con un programador, con alguien de la científica. ¡Bah! Se reclinó en la silla, como si tuviera un cubo de palomitas en el regazo y observó cómo Mati entraba en el despacho de la comisaria.

Mateo Lago, alias Mati, era un joven y prometedor ingeniero de software atrapado en el cuerpo de un señor de cuarenta años. Su inevitable barriga contrastaba con los peinados y ropa de moda que le gustaba lucir. Su cazadora funcional, por ejemplo, era una maravilla. Se adaptaba al calor o al frío y reflejaba la luz en bonitos tonos turquesa. Una lástima que no la pudiera abrochar.

Empleado modelo en todo caso, varios diplomas virtuales destacaban su compromiso con el cumplimiento de las normas internas. Era posiblemente el único policía que cumplía con los objetivos de ejercicio diario prescritos para él por la Inteligencia. El único que, a las nueve de la mañana, fresco y desayunado, esperaba impaciente a Laura Temp, la comisaria, abriendo y cerrando distraído los cajones de su escritorio. Sólo pareció darse cuenta de que la dueña del despacho había llegado cuando la mano de la comisaria cerró de golpe el cajón con el que jugaba, casi pillándole los dedos. Entonces se apartó.

Laura volvió a abrir el cajón, sacó un desinfectante y un pañuelo, y se puso a frotar la superficie de la mesa y todo lo que los dedos extraños hubieran podido tocar. Por último, se frotó sus propias manos, tiró el pañuelo a la papelera, y envuelta ahora por un aroma artificial de pinos, miró a Mateo interrogante.

Cuando Laura se enfadaba la carne fofa del cuello temblaba como la de una gallina. No es que la comisaria fuera contraria a la ingeniería cosmética, como podrían atestiguar sus pómulos de muñeca. Lo más probable es que simplemente no fuera consciente de ese pequeño defecto, o sí que lo era y prefería dejarlo como único testigo del medio siglo que ya había pasado en esta Tierra. Quizá sin ese pellejo, Laura hubiera sido demasiado atractiva. Su melena rubia ceniza, ridículamente espesa, era la envidia de la central.

Gracias a la piel del cuello, nadie hubiera tenido problemas para darse cuenta de que Laura estaba molesta. Nadie, excepto quizá el detective García.

–¡Un asesinato! ¡Tenemos un asesinato! –dijo juntando las manos de emoción.

–Un posible asesinato al que no estás asignado– Le recordó la comisaria, sentándose en su escritorio y encendiendo su pantalla.

–Pero… Tiene que haber algún error. Mírala –Mateo señaló con la cabeza fuera del despacho, en dirección al océano de escritorios, y a uno en concreto–. Esta mañana estuvo otra vez discutiendo en voz alta con el algoritmo ¿Cómo puede la Inteligencia haberle asignado el caso a ella? ¿No debería haberse jubilado hace una década?

Laura respondió sin mirarle

–¡Ah! ¿Ahora resulta que la Inteligencia se equivoca?

Mateo ponderó la cuestión

–No es probable, pero es posible. Las variables con las que la Inteligencia aprende se van modificando en el tiempo. Una entrada puede perder validez en un segundo, pero seguir influenciando el resultado. Una persona física puede reaccionar más rápidamente que el algoritmo en ciertos…

Laura alzó la voz y las manos al cielo.

–¡Era una pregunta retórica! Esa mierda de robot no hace más que equivocarse.

Mateo trató de enumerar las veces en que el algoritmo se había equivocado. Hace años, al principio, quizá, pero ahora, salvando detalles menores, no podía acordarse de ningún caso en el que la Inteligencia tuviera que ser corregida por un oficial. Sin duda Laura no tenía datos fiables.

La comisaria suspiró.

–La inteligencia piensa que es un suicidio, por eso le ha asignado el caso a ella. Y ¡Qué coño! Estoy de acuerdo con la mierda del robot, pero con un niño rico de por medio vamos a ver nuestras caras a diario en todas las pantallas del país. Y no creo que la Inteligencia tenga en cuenta lo poco que me gusta que me graben. Así que te vas a pegar a Dunia y vas a solucionar esto para mañana. ¿Entendido? Mateo miraba al infinito y Laura repitió ¿entendido?

–Hubo un caso en Tokio. El mismo software. Se filtraron las imágenes del escáner con las entrevistas a sospechosos. Por eso todavía no se ha logrado admitir el escáner mental como prueba en juicio.

–¿De qué hablas?

–No se me ocurre otro caso en el que la Inteligencia se haya equivocado.

Laura tomó aire para volver a gritar, pero se interrumpió. Crema. Espuma. El aire tenía una textura dulce y amarga a la vez. El sol de la tarde calentando los escalones de la Piazza de España. La irresistible necesidad de pedir un cappuccino. Laura tocó un par de botones en la pantalla mientras murmuraba «tendría que ser ilegal».

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