martes, 7 de abril de 2020

Capítulo 9

Dunia despertó desorientada. Tenía la extraña sensación de flotar en una nube, entre formas de colores pastel, animales de peluche y música de arpa. Podría jurar que olía a algodón de azúcar, pero todas estas sensaciones eran algo difusas. Giró la cabeza a la derecha, donde esperaba encontrar una pantalla con la hora y la temperatura fuera (esa era toda la tecnología que estaba dispuesta a tolerar por la mañana), pero en lugar de su conocido reloj encontró una mesita blanca y vacía. Entonces los recuerdos del día anterior desplazaron a las nubes y el arpa, y su respiración se aceleró. Trató de incorporarse, pero sus miembros parecían los de una marioneta olvidada en la mesa. ¡Ah! La sedación moderna. ¡De la raíz del pelo a la punta de los dedos de los pies! Era en estas ocasiones cuando el hombre o mujer tenía que apreciar la época que le había tocado vivir. Podrían haberle cortado las dos piernas y extraído el bazo con una cucharilla, y no sentiría dolor. Dunia lo encontraba un poco inquietante. 

No podía hacer nada. El programa del hospital tenía control sobre su cuerpo y mente. Seguramente podía elegir soñar con arena fina de playa en lugar de algodón. Al menos seguía viva. Si habían hecho apuestas en la oficina, alguien acababa de perder dinero. Giró otra vez la cabeza. Ahí, encima de ella había una pantalla y en la mesilla de la izquierda, claro, las gafas para controlarla. Sospechaba que palabras como asesinato y crimen no estarían entre las opciones de búsqueda permitidas. Estiró la mano y la sintió como si fuera de cartón y no le perteneciera. Logró coger las gafas y levantarlas, pero se le cayeron al suelo en el largo camino de la mesita a la cama. ¡Mierda!, se dijo, y volvió a dejar la mano sobre la cama. Entonces otra mano, una extraña, se las acercó. Era una mano de piel artificial, un prodigio de la bioingeniería acoplada a un humano de piel oscura y porte elegante que tenía un universo bastante popular en Mevú. Dunia recordaba su mirada aterrorizada cuando se fue la luz durante la rueda de prensa. 

El periodista saludó con una pequeña inclinación de cabeza. Dunia dudó por un momento de que fuera una presencia real, pero ahí estaban las gafas en su mano para confirmarlo. 

–Perdona la intromisión, querida. No todos los días atropellan a alguien mientras está buscando contenido en mi canal. 

–No todos los días atropellan a alguien. –contestó Dunia­, tratando de acomodarlo en su ángulo de visión. Asesinato. Alphalife. Un escalofrío le subió por la columna. Todos sus músculos se tensaron, como si intentaran prepararse para una huida imposible. 

El periodista, solemne, le dio la bienvenida al mundo de los vivos. 

–Parece que tenemos entre manos un caso entre un millón. Por lo que sé, (no han acabado de examinar las trazas), el vehículo tuvo que tomar la difícil decisión de atropellarte para salvar al conductor y a otros peatones. 

–O sea, que un robot ha intentado matarme. No puedo decir que me sorprenda demasiado. Puedes sentarte, ¿por favor? Me cuesta levantar la cabeza. ¿Te han dicho algo de mi estado? 

–Oficialmente no. Es información restringida. Pero he estado echando un vistazo a tu pantalla y en mi modesta opinión no tiene mal aspecto. Creo que no tienes nada roto y deberían darte el alta en unos días. Puedes considerarte afortunada, querida. Tengo entendido que tu generación todavía mira a los dos lados antes de cruzar. Parece que es eso lo que te ha salvado la vida. O puede que ese sea un factor que el ordenador ha tenido en cuenta. 

Dunia, en efecto, respiró aliviada, pero no pudo evitar sentir algo de desasosiego. Un accidente así era en teoría posible, pero hacía décadas que nadie perdía la vida atropellado. 

–Muy bien. ¿Puedes explicarme qué haces aquí? Si querías asegurarte de que tu fan sobrevivía tengo que confesar que he llegado a tu canal por pura casualidad 

El periodista sonrió simplemente. 

–Entonces, permíteme presentarme, querida. En Mevú me llamo Horacio Tool. 

Horacio no ocultó que estaba interesado por saber quién era el detective asignado al caso del parque de Neptuno «parecemos enamorados, querida, buscándonos el uno al otro». Dunia iba a decirle que ella no le buscaba para nada, pero las nubes de algodón daban vueltas en su cabeza. El hombre siguió con su monólogo. «Me imagino que no vas a decirme qué pistas sigues, ¿verdad? Bueno, empezaré yo». A Dunia se le pasó por la cabeza que todo fuera parte de su sueño. La Inteligencia del hospital debía saber lo que más le importaba en ese momento y le traía una imagen virtual de alguien en su subconsciente diciendo sólo lo que ella quería oír. Horacio debía ser entonces una simulación excelente, porque olía a un perfume masculino penetrante y hasta pudo sentir la diferencia entre la piel real de la mano izquierda y la falsa en la derecha cuando se acercó para ayudarle a ajustarse las gafas. Dunia volvió a estremecerse. El hombre acarició las gafas y la pantalla que tenían encima de sus cabezas se iluminó. Horacio sonrió de nuevo, «Querida mía, permíteme mostrarte unas imágenes que posiblemente no hayas visto antes. Vienen de una cámara de seguridad de principios de siglo, en la plaza de los Arces, zona centro». Dunia no se resistió. 

Un grupo de cinco jóvenes charlaban en la plaza. En el centro, una muchacha con un vistoso tatuaje en el hombro parecía acaparar la atención del grupo. Era un copo de nieve azul y blanco y parecía uno de esos tatuajes para diabéticos que cambian de color si detectan un problema en la sangre. Dunia miró de refilón a su acompañante, que seguía las imágenes con los brazos cruzados y una media sonrisa de satisfacción. 

La plaza de los Arces, el centro. No muy lejos del barrio de Dunia. ¿Qué hacían esos niños de zapatillas y cazadoras inteligentes tan lejos de casa? Dunia se sacudió las nubes de la cabeza. La imagen era lejana, pero nítida, no podría dejar de reconocer al chico de la derecha, con el flequillo largo y la piel pálida. No podía olvidar su mirada de pánico mientras corría desnudo por el invernadero. 

La chica tenía algo en las manos. Un animal. ¿Un animal? Los jóvenes no jugaban con animales. Las mascotas transmiten enfermedades, muerden y arañan, son impredecibles. ¿Una gallina? ¿De dónde demonios habían sacado ese bicho? Volvió a mirar a Horacio, que estiraba y flexionaba los dedos de su mano robótica con una media sonrisa y luego examinó con detalle la imagen. ¡Patas biónicas! Ahora se daba cuenta de dónde había salido esa gallina. 

Los jóvenes, sentados en círculo en los escalones de ladrillo de la plaza parecían fascinados con el animal. De vez en cuando el viento sacudía las ramas de los árboles (castaños, no arces). Un grupo de nubes negras amenazaban con reunirse allí también. ¿De dónde habrían sacado el cuchillo? Los niños ricos no jugaban con cuchillos. Tenían cubiertos con el filo justo para enterrarse en un bloque de mantequilla. La gallina batía las alas, posiblemente aterrorizada, pero la chica la tenía bien agarrada entre sus dedos finos. El viento le tapaba la cara con mechones oscuros una y otra vez, pero ella permanecía inmóvil, como si recitara una plegaria. Dunia contuvo el aliento. Sus pupilas hacían lo posible por recorrer la escena y registrarla en su embotada cabeza. 

En un segundo, con decisión propia de un carnicero, la chica cortó el cuello de la gallina y la sangre salpicó al círculo de adolescentes, que retrocedieron asustados. Uno o dos observó con pena el desastre en sus zapatillas y sus cazadoras inteligentes, pero Jano no se movió del sitio, sus grandes ojos negros fijos en el cuerpo límpido del animal. La chica le dedicó una sonrisa ¿satisfecha? Luego metió el cuerpo de la gallina en una bolsa. Como siguiendo un guion macabro, justo entonces se desató la tormenta y los jóvenes salieron de la plaza sin poder evitar miradas furtivas a la bolsa que cargaba despreocupadamente su compañera. 

Horacio apagó la pantalla. «Me imagino lo que te preguntas, querida detective. Fue una buena tormenta, no dejó huella». 

Dunia tragó saliva. Cada palabra salía de su boca con dificultad. 

–Los asesinos de Lázaro. 

El periodista asintió. Antes de salir, ayudó a Dunia a quitarse las gafas. «Ya te he robado demasiado tiempo. Tendrás a gente a quién contactar». Sin querer o queriendo posó la mano falsa un segundo en el cuello de Dunia y sus músculos volvieron a tensarse. Parecía real, pero uno podía sentir el peso del metal dentro de la piel falsa. Dunia sabía que había disponibles en el mercado aplicaciones para esas manos capaces de llevar a una mujer al orgasmo en tiempo récord, ¿Cómo de fácil sería programar una aplicación para estrangularle antes de que pudiera gritar? El ordenador del hospital volvió a crear nubes de algodón para Dunia, que ahora mismo sólo deseaba apartarlas a patadas y salir de allí.

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