miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 5



En la década de los sesenta, la brecha generacional entre los nativos de la Inteligencia Artificial y los que durante su juventud aprendieron idiomas, visitaron a un médico humano y albergaron alguna esperanza de encontrar un trabajo como administrativo, se podía observar al pasar las calles. Sólo los segundos aún realizaban ese acto reflejo de mirar a derecha e izquierda. Dunia cruzó así la carretera y se dirigió a verja que delimitaba la propiedad donde el horrible castillo de torres coronadas de rojo era la reina indiscutible del carnaval de mal gusto de la acera.

Apoyado en la verja que rodeaba la propiedad, mirando nervioso a un lado y a otro, se encontraba ya Mateo. Cuando vio aparecer a Dunia, alzó los brazos al cielo.

–¿Por qué estás incomunicada? ¡Va contra el reglamento! ¡Es peligroso!

–¿No he conectado los auriculares? ¡Vaya! A mi edad olvido las cosas. ¿Hay algún tratamiento para eso?

–Bueno, está…

–Deja, deja –interrumpió Dunia– cuéntame qué sabes de la familia de la víctima. Has investigado algo de camino, ¿no?

Mati se hinchó como un pavo, olvidó que Dunia debía haber pedido a la Inteligencia que le hiciera el mismo informe y se dispuso a demostrar que, aunque no era necesario, poseía una memoria excelente. «Roberto Márquez, doctor en robótica es el padre de la víctima y la única familia conocida. El doctor Márquez comienza a aparecer en artículos especializados ya en la década de los treinta como cabeza del equipo que ha patentado algunos de los mejores prototipos de extremidades extensibles del mercado. En el año 2050 es nombrado director de la empresa de ingeniería médica Alphalife y se le pierde la pista, académicamente hablando».

–¿Y la madre?

–Fallecida

–En el año cincuenta, por supuesto.

–Sí. ¿También has leído el informe? Todavía tienes buena memoria.

–No, Mati, tengo cualidades intrínsecamente humanas.

Mateo se quedó pensando a qué se refería su compañera. Mientras, ésta abrió la verja, y los dos cruzaron el patio hasta la puerta principal dónde el doctor Márquez ya les esperaba con los brazos cruzados.

El hombre que tenían enfrente podía tener sesenta años o podían ser ochenta, era difícil de adivinar. Más de sesenta, seguro. Llevaba la cabeza afeitada, diciéndole al mundo que estaba por encima de las modas y tendencias, o por lo menos, apartado de ellas. Los ojos azules, casi grises, podrían darle un aire de villano de película, si no fuera por las pupilas, que, en lugar de taladrar al visitante, se movían constantemente de un lado a otro, ignorando a la persona que se encontraba enfrente.

Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Mientras Dunia y Mati esperaban a que se les invitara a entrar, las lentillas de Márquez le ponían al día sobre su puesto de trabajo, especialidad, experiencia, y cualquier otra información que ellos o la central de policía hubieran hecho pública. El mínimo exigido en el caso de Dunia, que no soportaba que la miraran, o, mejor dicho, no la miraran, de esa manera.

–Siento mucho su pérdida– dijo Mati tendiendo la mano. Tal intercambio de microbios se reservaba para ocasiones especiales y en general estaba bien visto rechazar la mano ofrecida. Eso fue exactamente lo que hizo el doctor Márquez, utilizando la suya para señalar a los policías la entrada de su despacho. La detective le dedicó una mínima inclinación de cabeza al pasar y se quedó un momento de pie al lado de la puerta, como si le dolieran las rodillas y necesitara un momento de reposo antes de descalzarse y ponerse las pantuflas que se les ofrecía.

El despacho tenía el tamaño de un pequeño apartamento. Todas sus paredes estaban cubiertas de estanterías con libros y algún objeto dispuesto con gusto aquí y allá. El visitante podría creer que se encontraba en el refugio de un intelectual de algún siglo pasado, pero si se acercaba al reloj de agujas doradas posado entre unos tomos de las obras de Camus, una voz le susurraría sus planes para el día y cómo llevarlos a cabo del modo más eficiente. Si pasaba después por delante del globo terráqueo con elegantes mapas en tonos tierra y acariciaba algún punto del mar Adriático, se le presentarían sugerencias para unas vacaciones inolvidables, y aunque decidiera simplemente esperar de pie en la entrada, se daría cuenta de que era extraño oler desde allí la rosa recién cortada que descansaba en el alto jarrón de porcelana de Delft al otro lado de la habitación.

Juguetes de niño rico que acaban en la basura, pensó Dunia. Añadir inteligencia a las cosas no era caro, pero las formas exquisitas y los materiales con los que se fabricaban los objetos allí expuestos subían los costes hasta límites absurdos. Los ricos siempre han necesitado cosas caras, y las empresas de cualquier época se encargan con gusto de cubrir esa necesidad. Los ojos de la policía se habían posado en una espada de acero toledano con empuñadura de bronce que no era más que un sofisticado mando de juego para Monsters & Knights. ¡Bah! Se dijo, sin poder evitar una punzada de envidia, y se acercó por fin a los dos hombres, que acababan de sentarse en sofás de cuero negro en torno a una mesita ovalada de madera brillante, en el centro de la habitación.

El doctor Márquez pasó la mano por encima de la superficie de la mesa y esta se iluminó.

–¿Puedo ofrecerles algo de beber?

–Un vaso de agua con naranja sería perfecto. – dijo Mati.

Dunia rechazó la oferta y, con un pequeño quejido, se acomodó por fin en su asiento. Márquez apoyó la yema del dedo en dos puntos de la superficie brillante de la mesita para pedir las bebidas y después se echó hacia atrás en el sofá. Piernas cruzadas y discreto vistazo al reloj de agujas doradas, la detective sospechó que no se lo iba a poner fácil. No se equivocaba. El doctor pertenecía a una clase social tan diferente, que podría venir de otro planeta. Y también podría pagarse el viaje a otro planeta si es que un día había necesidad de abandonar la Tierra. Desde allí les miraría igual que les miraba entonces, como se mira a un gato o a un mono que se lame sus partes.

–Antes de empezar quiero que sepa que lamentamos… –empezó, algo incómodo Mateo.

Márquez hizo con los dedos el gesto de enrollar un hilo invisible.

–El señor Márquez quiere ir al grano, Mateo. –dijo Dunia, y dirigiéndose al doctor–. ¿Puede hablarnos sobre Jano? Su carácter, su rutina, sus amigos… ¿Notó algo fuera de lo normal estos días?

–Jano era un adolescente, ¿suponen que conocía a mi hijo mejor que Mevú? Han pasado casi doce horas desde el suceso, ¿no lo saben ya todo sobre él? La verdad, esperaba que vinieran a darme resultados, no a hacer preguntas absurdas. ¿Qué sistema de Inteligencia utilizan en la policía? Debería ser capaz de calcular la probabilidad de que alguien de su red de contactos cometa un crimen.

–Señor, no nos está permitido presumir la culpabilidad de los ciudadanos –dijo Mati.



–¡Por supuesto que no! ¿Quién se fiaría de ustedes con semejante información? Pero a su ordenador sí le está permitido. ¿No les ha dado algún nombre?

–No ha sido necesario, señor. El software ha determinado, sin lugar a duda razonable, que…

Dunia interrumpió a su compañero.

–Nuestro robot es un dolor en el alto muslo, con perdón, pero usted es el experto en robótica y el padre de su hijo. ¿Qué nombres sospecha que tendría que darnos?

–¿Quieren que yo les indique sospechosos? ¿Pero en qué siglo viven ustedes?

Como para subrayar sus palabras, un robot mayordomo entró en la habitación con una bandeja. Dos vasos, uno naranja y otro incoloro que ambos hombres cogieron y posaron en la mesita, ahora apagada. Dunia dio las gracias al robot y su compañero sacudió la cabeza.

–Mi compañera seguramente trata de mostrarle lo mucho que le interesa el caso de su hijo. Pertenece a otra generación ¡quién puede culparla! Pero lo que venimos a comunicarle, el resultado de la investigación llevada a cabo por la Inteligencia Artificial de nuestra central…

Esta vez fue el doctor Márquez el que interrumpió a Mati, para regocijo de la detective.

–Miren, sé dónde quieren ir a parar. Diagnostican una depresión a mi hijo y cierran el caso, pero sus revisiones médicas nunca dieron un resultado extraño, nuestra red nunca dio la voz de alarma, y según su análisis genético no tiene predisposición a las enfermedades mentales –el doctor tomó aire y resopló ruidosamente. –me temo que van a tener que hacer su trabajo.

–¡Ya has oído, detective, al trabajo! Puede estar tranquilo, doctor, personalmente, nada me motiva más que investigar un asesinato.

Los dos hombres la miraron perplejos. Ella le devolvió la mirada a Márquez, se echó hacia delante y preguntó con voz grave:

–¿Dónde estaba usted anoche entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana?

El aludido abrió la boca, y se quedó un segundo inmóvil. Después explotó en una serie de insultos.

–¿Le parece que es el momento de hacer bromas? Puedo entender su incompetencia y su falta de interés, pero debería intentar al menos ofrecer la clase de compasión que se espera de un agente humano.

Dunia se dio cuenta de que la mano del doctor, apoyada en el reposabrazos, temblaba. Él también pareció darse cuenta y cerró el puño.

–Oh, perdone, perdone, quizá he sido brusca. Pero, o mucho me equivoco, o usted no está buscando compasión, sino, sobre todo, saber la verdad y quizá, si me permite, ¿venganza?

Por toda respuesta, el doctor tomó su vaso y dio unos tragos rápidos. Cuando volvió a posarlo en la mesa, la mano había dejado de temblar. La policía prosiguió.

–He visto las imágenes. No hace falta ningún software de última generación para darse cuenta de que su hijo huía aterrorizado, pero no tenemos ni idea de porqué. No creo ni por un segundo en la teoría del suicidio, y me gustaría llegar al fondo de este asunto.



Dunia se dio cuenta de que su compañero la miraba como se mira a un tren sin frenos a punto de descarrilar. Márquez observó el vaso vacío como si la respuesta se encontrara dentro, y sacudió la cabeza. Ella le dio unos segundos. No esperaba, desde luego, que el doctor confiara en que las habilidades intrínsecamente humanas de la policía fueran a darle respuestas, pero sabía que, en semejante situación, un padre, aunque fuera un experto en robótica, iba a aferrarse a cualquier cosa que pudiera devolverle algo de paz. No se equivocaba. Una sonrisa irónica apareció en su cara.

–¿Pretende que me abandone al absurdo? ¿Qué quiere de mí?

–Que coopere con nosotros. ¿Le parece que somos incompetentes? Espere a ver qué dice la Inteligencia cuando le pasemos los datos de esta entrevista.

–Datos totalmente subjetivos –añadió–. Datos que podrían elevar la probabilidad de marcarle como sospechoso. ¿Dónde estaba usted anoche entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana?

Él volvió a sacudir la cabeza, casi con nostalgia, como si recordara jugar con su hijo a los detectives en otros tiempos. Ignoró por segunda vez la pregunta.

–Si tan sólo entendieran lo que se ha perdido, quizá harían las preguntas adecuadas.

Mateo claramente empezaba a impacientarse y olvidó todo sobre cómo se debe hablar con una víctima.

–¡Fue un suicidio! ¿Ha visto las probabilidades? Son tan altas que podemos afirmarlo como un hecho probado. ¿Qué objetivo tiene esta conversación? ¡Si no está convencido, denos acceso físico al cuerpo de la víctima y lo confirmaremos de forma manual si es necesario! ¡Un análisis toxicológico nos llevaría quince minutos!

El policía se había levantado y miraba expectante al doctor. El mayordomo robot entró en la sala, pasó una de sus manos con cepillo integrado sobre la mesa, y volvió a desaparecer. Dunia pensó que iban a ser escoltados fuera de la casa, pero el doctor se levantó despacio, caminó pensativo hacia la ventana, y, tras unos interminables segundos, señaló fuera.

–¿Conocen nuestras piernas extensibles? Son una obra de arte. Me imagino que las han visto, aunque sean algo fuera de su alcance. Cuando ustedes se las puedan permitir, las alas biónicas ya estarán a la venta. Después de muchos años de trabajo tengo que aceptar que nuestros magníficos proyectos hacen infelices a una gran mayoría.

Suspiró, antes de concluir.

–Alphalife tiene muchos enemigos. Por eso mantenemos nuestros secretos fuera del alcance de manos humanas. Su robot ya tiene acceso a nuestros datos, pero asegúrense de actualizarlo. De momento parece que sólo les sirve para excusar su incompetencia. Ahora salgan, por favor.

El robot mayordomo apareció para escoltarlos fuera de la casa. Se calzaron los zapatos, cruzaron el patio y esperaron en la puerta unos segundos hasta que un coche de policía autónomo los recogió. Dunia meditaba en silencio las palabras del doctor Márquez. ¿Qué tenían que ver los enemigos, o los secretos de la empresa Alphalife con el cuerpo de Jano? En el momento de su muerte, Jano estaba desnudo. Ni piernas extensibles, ni alas biónicas, ni nada que se le pareciera. Era evidente que su cuerpo descansaba de momento en Alphalife. ¿Por qué? Ni idea, pero, aunque fuera una idea anticuada, tenían que hacerse con él.

Mateo también llevaba un buen rato callado, mirando por la ventana las casas de plástico de los barrios favorecidos.

–La gente sólo utiliza esas piernas para jugar a videojuegos. –dijo finalmente.

–Yo me conformo con que me retoquen las mías. Lo último que necesito es que un par de robots decidan dónde tengo que ir.

Mateo dedicó el resto del viaje a explicar por qué las piernas extensibles no tenían poder de decisión. Dunia había dejado de escucharle, pero como de costumbre su compañero no era consciente. ¡Pobre Mateo! ¿Qué hacía trabajando en seguridad ciudadana? Encajaría perfectamente en cualquier parte del monstruo en el que se había convertido la antigua policía científica. La policía «real» se hacían llamar. Los únicos que disponían de un certificado de oficina sin cables. Los que investigaban las cosas importantes, como la fuga de datos del escáner cerebral de Tokio. Debía ser un problema de edad. Los cuarenta años del policía eran desde el punto de vista de la Inteligencia, un escollo insalvable en el examen de acceso a la unidad. El por qué cada año volvía a intentarlo sólo podía explicarse porque incluso Mateo era capaz de ignorar de vez en cuando las sagradas estadísticas.

Dentro del coche olía a tierra fresca después de la lluvia. La imagen de un joven feliz paseando por un bosque le vino a la cabeza a la detective. Un coro de pájaros parecía saludar al caminante, que, riendo alegre, estiró las piernas más de cinco metros para observar mejor los nidos de las copas de los árboles. Una versión low-cost de las famosas piernas diseñadas por el laboratorio Alphalife, al alcance de cualquier trabajador. Visite nuestra tienda en Mevú.

–Tendría que ser ilegal –murmuró para sí.

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