Seis de septiembre de 2054
La piedra artificial engañaba sin problemas a los ojos, pero no a las manos. Al tocar las paredes del castillo, el visitante no podía evitar pensar que se encontraba ante un juguete de treinta metros de altura. El capricho de un niño grande con acceso a una impresora industrial y un libro de cuentos de princesas. Torres coronadas de gorros rojos, entre cuyas almenas bien podía asomarse un arquero de extremidades rígidas y flechas de plástico.
Las exóticas mansiones del barrio Olimpo, construidas en los años dos mil cuarenta, estaban gestionadas por lo último en software de Inteligencia Artificial. State-of-the-art. El Taj Mahal de plástico, el edificio de inspiración art-decó, las atrevidas Petronas… todas contaban con un mayordomo, ama de llaves, y director de entretenimiento invisible que controlaba la temperatura, repartía aire limpio con olor a rosas y cítricos en las habitaciones, proyectaba en las pantallas de la casa el nuevo capítulo de una serie de moda, y daba cuerda al reloj de oro que decoraba la mesita del salón.
A las nueve de la noche del seis de septiembre se registró una anomalía en el castillo. La puerta de entrada no solía abrirse a esas horas, ni los habitantes de la casa solían salir tan tarde. La Inteligencia Artificial tomó nota, cerró la puerta, y, presumiblemente, volvió a sus tareas.
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