miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 1

–¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Buenos días! 

Siete de Septiembre de 2054. Lunes. A las nueve de la mañana el robot de Inteligencia Artificial de la Jefatura Superior de policía de Mildecid dio los buenos días a la detective Dunia Muro. 

Dunia recibió el saludo como cada mañana, en sus auriculares reglamentarios, nada más cruzar la puerta de la unidad. Cada mañana las mismas palabras. Con el mismo tono de adolescente cachonda. Como todos los lunes, Dunia se preguntó si no había forma de cambiar la configuración de fábrica, y luego se respondió a sí misma ¡Bah! 

Dejó su cazadora en la percha detrás de la puerta. Ignorando las docenas de escritorios, con docenas de colegas, caminó hacia su mesa, se agachó con un quejido para recoger el paquete que, una vez más, el dron repartidor había dejado caer al suelo, y lo posó en la mesa sin abrirlo. Enderezó su pantalla, que ya bien podía ser considerada una reliquia de tiempos pasados, se agarró al respaldo de su silla ergonómica, imitación de cuero con rozaduras auténticas, y se sentó sin poder evitar un nuevo quejido. La Inteligencia, mientras, seguía hablándole. 

–Tengo para ti una selección de cursos de gestión personal, un ranking de clínicas equipadas para rejuvenecer articulaciones y una selección de servicios funerarios. Hay una empresa que toma trozos de tu ADN y lo implanta en semillas de melocotonero. ¿Quieres echar un vistazo? 

Dunia deseó que la Inteligencia tuviera cara para poder tirarle encima una taza de café bien caliente. Con los ojos cerrados, fantaseó un momento con otros tiempos. Días de estrechar manos, mirarse a los ojos y usar los robots sólo para aspirar el suelo. Inspiró con ganas. Café ardiendo, bien cargado, con una finísima capa de crema… podía oír una cafetera de las de su juventud burbujeando alegremente, inspirar una y otra vez el aroma penetrante. Se dio cuenta de lo que sucedía y sacudió la cabeza como si quisiera librarse de esos pensamientos. Desde luego, la publicidad estaba llegando demasiado lejos. Ya podían provocar alucinaciones sonoras y olfativas ¿qué era lo siguiente? Quizá poner de moda viejas costumbres y apostarse detrás de una esquina con un cuchillo para extraerle al posible comprador su chip bancario. Dunia sacudió otra vez la cabeza, ¡no sé dónde vamos a llegar! 

–¿Puedes desactivar la opción de recibir anuncios personalizados? 

–Lamentablemente no. Volviendo a las semillas de melocotonero… 

–Sí. Volviendo a eso. ¿Puedo saber en qué se ha basado el algoritmo esta mañana para hacer sus recomendaciones? 

–El algoritmo se basa, como siempre, en tus intereses personales, en tus actividades diarias, tus características físicas y combina datos estadísticos para ofrecerle la mejor y más personalizada de las experiencias. 

–Ya… Pero ¿en qué información, e-xac-ta-men-se te basa el algoritmo en esta mañana en con-cre-to? 

–¡Querida Dunia! Llegar al fondo de esa cuestión nos llevaría años a ti y a mí. Yo no tengo limitaciones biológicas, te recuerdo, pero tú… 

La policía suspiró. Se acordó del paquete que había posado en la mesa y lo abrió con calma, despegando cada cinta y levantando cada solapa, saboreando la cualidad física del objeto entre manos. 

–A ver, seré un poco más específica. ¿Alguno de mis queridos compañeros me ha deseado la muerte esta mañana, o más bien han enunciado mi deceso como algo inminente? 

–Lo primero 

–Muy bien –respondió la humana–. Gracias. 

Si algo había que agradecerle a la Inteligencia, es que entre ella y su interlocutor era imposible un silencio incómodo. Dunia terminó de desenvolver su paquete, y apartó el papel que contenía hasta desvelar una figurita de vinilo. Un caballero templario del tamaño de su dedo índice, de la serie de Monsters & Knights, el videojuego más popular de las últimas dos décadas. Le dio vueltas en la mano, satisfecha, y la dejó en su escritorio, junto a las otras. Una fila bien ordenada de estatuillas de dragones, zombies, y heroínas medievales. Algunas de ellas, de la primera generación del juego, podían considerarse antigüedades. No es que las antigüedades tuvieran algún valor, pero en una época que escupía una nueva versión del mundo por semana, una podía sentirse algo tranquila sosteniendo en la mano algo que le parecía más bonito cuanto más viejo. Se echó hacia atrás en la silla para admirar una vez más su colección, luego se acercó a la pantalla para pedir uno de esos brebajes sintéticos que en la era de la Inteligencia se llamaba café, y, por último, puesto que no tenía nada mejor que hacer, le pidió a la Inteligencia que le enseñara qué estaba sucediendo en el despacho de la comisaria, Laura Temp.

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