Jano empujó la verja del patio, cruzó la autopista subterránea que separaba el castillo del parque de Neptuno, y siguió corriendo por los caminos de grava hacia el jardín botánico. Miró un segundo hacia atrás, hacia el barrio desierto. El aire silbaba una canción mientras jugaba al corro con las hojas de los plátanos. Los guijarros del camino se hundían en la piel tierna de sus pies descalzos. Cerca de la fuente de Neptuno la tierra estaba húmeda, y el barro le salpicó los muslos. Una inesperada ráfaga de viento le gritó al oído, una hoja seca golpeó su piel desnuda y Jano se sacudió gritando, como si de una tarántula se tratara. Y una vez eliminada la amenaza se detuvo, su boca abierta mordiendo el frío entre sollozo y sollozo.
En ese momento las hojas de los robles cercanos se agitaron como cascabeles. Una cabeza se asomó por encima de las copas de los árboles, gafas de realidad virtual en la cara, a más de cinco metros sobre sus piernas biónicas extensibles.
Jano cerró la boca, se hizo un ovillo detrás de la fuente, tiritando, y le siguió con la mirada.
El transeúnte llegó hasta la fuente en tres zancadas, agitó varias veces una varilla electrónica y se alejó sin mirarle. Quizá sus gafas le habían registrado, pero el usuario estaba claramente más interesado en su partida de Monsters & Knights. Probablemente el juego le presentaba como un enano, o un gremlin, un ser inofensivo al que no daba puntos aniquilar.
Jano siguió detrás de la fuente, vio al jugador salir del parque, escondió la cabeza entre los brazos y volvió a sollozar en alto hasta que recuperó la calma suficiente para incorporarse. Miró de nuevo alrededor, el parque vestido de noche, la rara vista de las estrellas encima de su cabeza. Apoyó las manos en la piedra fría de la fuente, se levantó, y siguió corriendo hasta entrar en el jardín botánico, mirando de vez en cuando por encima de su hombro.
La puerta estaba abierta. Como todo. Los avances de la era de la información habían acabado con el vandalismo. Se estimaba que en zonas densamente pobladas había un dispositivo con vídeo cada dos metros. Las gafas de realidad virtual y las pantallas personales, pero también los vehículos autónomos, que recogían imágenes de la carretera, las cornisas de los edificios, para estudiar patrones de conducta de los peatones, las palomas, para analizar comportamientos e interacciones de la especie y, por qué no, recoger bonitas vistas desde el aire. Jano podría apostar los helados y doloridos dedos de los pies a que algún tipo de dispositivo electrónico colgaba de los bigotes de Neptuno.
De pequeño había soñado con que los avances tecnológicos de su época le darían un hermanito robot. «Bendita inocencia» había dicho su padre, sacudiendo la cabeza. «La inteligencia artificial no tiene cara y desde luego no siente, eso es ciencia ficción. Lo que puede hacer es decidir la política de impuestos, y hasta eso lo pongo en duda viendo lo que tengo que pagar este año. En fin, ¿quieres un hermanito sin cara?».
Así que Jano no tenía hermanos. Pero tenía un mayordomo. Era un juguete que sus padres habían traído de China. Tenía cara, pero el cuerpo era una sola pieza casi redonda, sin articulaciones, y vestida con un traje tradicional: una bata de un rojo brillante decorada con dragones dorados. La cabeza estaba cubierta de piel beige artificial y coronada por un gorrito negro, y tanto ella como los ojos rasgados podían moverse para expresar diez emociones de serie, más las que aprendiera en su familia adoptiva. El muñeco se conectaba al ordenador central de la casa y hablaba con los habitantes, como si fuera él quien controlaba la temperatura del agua, y ofrecía la ilusión de que el programa central se preocupaba de si los habitantes habían pasado una buena noche. Pero el mayordomo no podía sentir nada, eso era cierto. Cuando llegó a casa y durante una semana, a Jano no se le ocurrió otra cosa que hacer con él que insultarle y el muñeco sólo ladeaba la cabeza con una mueca triste y preguntaba «¿No te encuentras bien?». Más tarde incluyó las palabras en su vocabulario, y se las devolvía a Jano en construcciones bastante naturales para una máquina de antigua generación «Jano, ¿no es hora de hacer algo de ejercicio? Te vas a convertir en una máquina grasienta que nunca sabrá lo que es el amor. Jajaja».
El juguete también estaba programado para copiar reacciones humanas. Decía «¡Ay!» si alguien se tropezaba con él, y hacía un sonidito como un ronroneo cuando Jano le tocaba la cara. Su madre hacía un sonido parecido al abrazarle cuando ya tenía puesto el pijama, antes de dormir, y al principio a Jano le había resultado algo desagradable la imitación, como el tacto de la piel falsa al pasar el dedo por la mejilla del mayordomo. Luego se había acostumbrado. Como a todo lo demás.
El aparato incluía las funciones típicas de cualquier dispositivo electrónico estos días. Podía poner música de acuerdo al humor del usuario, localizar objetos perdidos, recitar las obras de Shakespeare con la voz de cualquier famoso, y ofrecía primeros auxilios. El tipo de funcionalidad con las que uno juega dos días y después desactiva. Sólo la madre de Jano pedía al mayordomo que leyera libros. Por la razón que fuera, a su madre le gustaba el suave deslizar de la bata roja en las láminas de falsa madera del salón y el hipnótico balanceo de la cabeza puntuando las frases. Su madre necesitaba oír apenas las primeras palabras de La Insoportable Levedad del Ser para caer roncando en el sofá.
Pero por mucho que su madre siguiera preguntando al mayordomo si Jano ya había llegado a casa, y si había desayunado como dios manda antes de salir, hacía tiempo que los robots como él habían pasado de la sección de Inteligencia artificial de las páginas de tecnología a la sección de cinco a nueve años de los catálogos de las jugueterías, y sistemas inteligentes sin cara y sin voz habían tomado el control de las casas, los gobiernos, el suministro de agua potable, las salas de cirugía del hospital y se anunciaban orgullosamente en cualquier comunicación oficial. «Surgic3x2I se ha hecho cargo de su operación. El ministerio de salud le desea una sana y feliz tarde». Cuando finalmente pudieron convencer a su madre para que entrara en el quirófano, tuvieron que decirle que un cirujano de carne y hueso humano supervisaba las decisiones del Software. «¡Bendita inocencia! ¿Quién puede creerse que una pobre mente humana sea capaz de supervisar decisiones tomadas considerando millones de variables en apenas un milisegundo?».
Jano estaba sin duda siendo grabado en ese mismo instante, incluso entre las plantas aromáticas, bajo un techo de cristal con reflejos de estrellas. Alguien sin duda veía a Jano correr, veía cómo le faltaba la respiración, como se arrodillaba a los pies de un sauce y se llevaba las manos al pecho.
Aunque, por supuesto, el universo intangible que controlaba su existencia sólo tenía un interés estadístico en su paseo por el parque.
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