jueves, 16 de abril de 2020

Capítulo 10

En un par de días, Dunia se encontraba lo suficientemente bien como para volver a casa. Incluso le habían dado permiso para volver a la comisaría. En una época en que el trabajo se consideraba un lujo y una opción, ¿por qué no aprovechar sus efectos beneficiosos para recuperarse físicamente? Al fin y al cabo, una de nuestras cualidades intrínsecamente humanas es el tener una raison d'etre. 

Desde el hospital, se había enterado de los esfuerzos de Mateo por conseguir una autorización para la autopsia. Imposible. Sus nuevos amigos en la policía real habían estado ocupados y no podían ayudarle. Creían haber aislado el problema de las luces. Las aplicaciones que gestionaban el edificio de la unidad llevaban una década sin actualizarse. Al parecer, parte del software que utilizaban era comercial y con el cambio en los sistemas financieros de la policía (ahora dependían de la Inteligencia) se había olvidado el pago. Una vez instalado un software moderno, no sólo no esperaban ningún problema en adelante, sino que, si algún día decidían aprobar el presupuesto para bombillas compatibles, la Inteligencia podría programar la longitud de onda a su antojo a lo largo del día. ¿Para qué podía servir eso? A Dunia le importaba un pimiento. 

La Inteligencia dio la bienvenida con su voz de adolescente cachonda. 

–Buenos dííías. ¡Enhorabuena! Tu situación está entre el 0,000000098 de las posibles. Una entre un millón, como decís los humanos de forma inexacta. En realidad, se acerca más a una entre diez millones. 

–Gracias. 

–No me des las gracias. Te hace mayor. El software de los coches autónomos te lo agradecen. Han aprendido mucho del suceso. 

–¿Esperaban mis queridos compañeros que sobreviviera? 

–Lo consideraban inevitable. 

Dunia sacó un analgésico del bolsillo de su chaqueta y se lo metió en la boca. 

–Muy bien. Olvidemos por ahora a mis compañeros. Quiero ver todo lo que tengas de Horacio Tool. Empieza por lo más reciente. 

Como si la hubieran oído, sus compañeros comenzaron a desfilar por su escritorio. Todos estaban interesados en saber cómo era posible que un coche autónomo la hubiera atropellado. Mucho más interesados en los detalles técnicos y las decisiones éticas del coche, que en saber qué, a pesar del analgésico, la cabeza le dolía como si una jauría de monos se estuviese peleando dentro. «¿No viste a otros peatones? ¿Qué modelo era? ¿Sentiste la vida pasar por delante de tus ojos? ¿Sientes rencor hacia el vehículo?». A la hora de comer, cansada de ser el centro de atención de un debate teológico y moral que no había pedido, se fue a casa. Allí, en pijama, y con una primitiva bolsa de agua caliente en el regazo, la encontró Mateo. 

–¡Tenías razón! ¡Tenías razón! Perdona, quería decir ¿Te encuentras bien? ¡Tenías razón! Por fin ha llegado la respuesta de Alphalife. ¿Has tenido que levantarte para abrirme la puerta? Suponía que el estado tecnológico de tu casa no iba a ser precisamente state-of-the-art, pero… ¡Patente! ¡Está protegido por patente! ¡El cuerpo! ¿Qué va a ser? ¿Entiendes lo que significa? 

Quizá eran los analgésicos, pero no, no lo entendía. Por suerte sabía que Mateo iba a contárselo con todo lujo de detalles incomprensibles. Se acomodó en el sofá e indicó un sitio a su lado. El policía se sentó después de una larga mirada en torno suyo. Su pequeño museo de los años veinte, o como ella lo llamaba, el salón de su casa, solía llamar la atención de los visitantes. Cables. Pantallas. Una cafetera. Libros y posters de Monsters & Knights detrás de una vieja lámina de vidrio. Un sofá de muelles. Radiadores. ¡Radiadores! La gente solía preguntar medio en broma que donde guardaba el teléfono. No tenía teléfono, pero tenía su uniforme azul de algodón y su gorra reglamentaria guardados en el armario, como un vestido de novia de las de hacía medio siglo. 

La excitación del policía era doble, por eso resultaba aún más difícil que de costumbre seguir el hilo de su discurso. Por un lado, se confirmaba que la empresa Alphalife había pasado a una nueva fase en su proyecto de inmortalidad. Al parecer, la primera fase consistía en inyectar nanorobots inactivos, nada novedoso. La segunda fase, más interesante, y protegida por patente, era programar los nanorobots desde el exterior. Todo parecía indicar que este paso todavía necesitaba perfeccionamiento. 


Mateo no podía estarse quieto en el sofá. Se levantó y comenzó a dar vueltas por el salón levantando los brazos como una mariposa gigante. 

–¡Secreto industrial! ¡En estos tiempos! ¿Por qué? ¿Por dinero? ¡Absurdo! La Inteligencia ahora estima que la posibilidad del suicido es sólo del diez por ciento, y la posibilidad de un error en el proyecto de Alphalife podría ser del cincuenta y siete por ciento. Necesita los detalles del proyecto para hacer un informe definitivo. ¡Tenemos que hablar con el doctor Márquez! 

Dunia sacudió la cabeza. 

–Siéntate, calma. Es tarde. Ahora no podemos hablar con nadie. Aprovecha el tiempo para pensar. 

Dunia se levantó con esfuerzo. En los últimos días había aprendido que las piernas se habían llevado la peor parte del golpe, y cuando llevaba un rato sentada, cada cambio de posición venía acompañado de dolores y pinchazos. Podría abusar de los analgésicos. Hacía años que esas sustancias no tenían peligro, pero a Dunia le parecía que las drogas se habían vuelto demasiado inteligentes. Se acercó a una pequeña vitrina llena de copas elegantemente talladas y sacó una botella. Mateo la miró como si sujetara un cadáver. 

–¿Desde cuándo tienes eso? 

Dunia se encogió de hombros. 

–El alcohol no se pone malo. ¿Tú te acuerdas de cómo sabía el whiskey de verdad? 

–¡Exactamente igual que el que te sirven hoy en cualquier sitio! El sabor está diseñado a nivel molecular. La experiencia de beber una copa de whiskey ahora es idéntica a la de hace veinte años, menos los efectos indeseados. 

–¿Quién dice que son indeseados? 

–Si lo deseas, puedes programar una experiencia virtual, no necesitas envenenarte. 

–Gracias por la lección. Veo que conoces la publicidad de JB. –respondió Dunia mientras se llevaba la botella a la cocina. –No me cuadra. ¿Por qué pondría el doctor en peligro a su hijo con una técnica peligrosa? Seguro que dispone de mil conejillos de indias. Jano no estaba enfermo, era joven, y es evidente que su padre se preocupaba por él. No tiene sentido. 

Salió de la cocina con dos vasos llenos de un líquido oscuro que posó en la mesita del salón. Mateo se había sentado, la mirada ahora fija en los cables que salían de su televisión. 

–Es una instalación eléctrica de hace veinte años. –se justificó Dunia. –Toma. ¡Vamos a celebrar que estoy viva! 

Levantó la copa y luego se acomodó con ella en el sofá. Suspiró. 

–Eres detective, ¿no tienes curiosidad? 

Mateo, aprensivo, levantó la suya, se la llevó a la nariz, y después a la boca, para dar un minúsculo sorbo. 

–Sabe igual. Exactamente igual. –Después volvió al caso– ¡Quién sabe por qué lo haría! Un exceso de confianza, posiblemente. ¡Ya nos dará la Inteligencia la razón más probable! Lo importante es que sabemos lo que ha pasado. 

–Yo no estoy tan segura. 

Daba igual. Mateo había cerrado el caso en su mente. Y a las dos horas, parloteaba alegremente sobre una vida inmortal. Se estimaba que solo los menores de cuarenta y cinco años con todos sus órganos intactos y una genética limpia tenían una oportunidad. Dunia sospechaba que el detective cuarentón no era sensato cuando calculaba sus probabilidades. Ahora brindaba por el proyecto de Alphalife, seguro de poder participar en él, sin darse cuenta ni por un segundo de lo desconsiderado que estaba siendo hacia la víctima y también hacia su compañera. Quizá algún día, después de los doctores en robótica y los grandes empresarios, se daría la oportunidad a algún asalariado. Alguien joven y prometedor. Estaba claro que en esa lotería nadie iba a ofrecer a Dunia la oportunidad de comprar un billete. 


Pero la detective agradecía la compañía, e incluso la honestidad casi infantil de Mateo, quién había recogido la botella de la cocina, y prácticamente se la había terminado. El alcohol hacía milagros tanto en sus piernas como en el desasosiego que sentía cuando pensaba en Horacio y en los asesinos de Lázaro. Mateo tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa en la boca. Dunia se acercó para echarle una manta por encima. La calefacción de su piso no estaba controlada por ningún tipo de Inteligencia. 

–Te equivocas, Dunia. Es un caso cerrado. Te equivocas como te equivocaste con Andreas Mun. 


Dunia no quería pensar en Andreas Mun. En sus brazos esculturales, su media sonrisa de galán de cine a la que sólo le falta el cigarro colgando, su espesa melena negra, su sicopatía diagnosticada. Dejó a Mateo roncando, encendió su pantalla y se puso sus gafas de realidad virtual. En Monsters & Knights nadie juzgaba a Dunia Muro, porque Dunia Muro no existía. En el cuerpo de un caballero templario subido en los lomos de un corcel de crines blancas, estaba por encima de sus problemas. Era de la cabeza a los pies un ser dedicado al bien y la justicia. El videojuego le ayudaba a pensar. 

–Escenario batalla medieval.

martes, 7 de abril de 2020

Capítulo 9

Dunia despertó desorientada. Tenía la extraña sensación de flotar en una nube, entre formas de colores pastel, animales de peluche y música de arpa. Podría jurar que olía a algodón de azúcar, pero todas estas sensaciones eran algo difusas. Giró la cabeza a la derecha, donde esperaba encontrar una pantalla con la hora y la temperatura fuera (esa era toda la tecnología que estaba dispuesta a tolerar por la mañana), pero en lugar de su conocido reloj encontró una mesita blanca y vacía. Entonces los recuerdos del día anterior desplazaron a las nubes y el arpa, y su respiración se aceleró. Trató de incorporarse, pero sus miembros parecían los de una marioneta olvidada en la mesa. ¡Ah! La sedación moderna. ¡De la raíz del pelo a la punta de los dedos de los pies! Era en estas ocasiones cuando el hombre o mujer tenía que apreciar la época que le había tocado vivir. Podrían haberle cortado las dos piernas y extraído el bazo con una cucharilla, y no sentiría dolor. Dunia lo encontraba un poco inquietante. 

No podía hacer nada. El programa del hospital tenía control sobre su cuerpo y mente. Seguramente podía elegir soñar con arena fina de playa en lugar de algodón. Al menos seguía viva. Si habían hecho apuestas en la oficina, alguien acababa de perder dinero. Giró otra vez la cabeza. Ahí, encima de ella había una pantalla y en la mesilla de la izquierda, claro, las gafas para controlarla. Sospechaba que palabras como asesinato y crimen no estarían entre las opciones de búsqueda permitidas. Estiró la mano y la sintió como si fuera de cartón y no le perteneciera. Logró coger las gafas y levantarlas, pero se le cayeron al suelo en el largo camino de la mesita a la cama. ¡Mierda!, se dijo, y volvió a dejar la mano sobre la cama. Entonces otra mano, una extraña, se las acercó. Era una mano de piel artificial, un prodigio de la bioingeniería acoplada a un humano de piel oscura y porte elegante que tenía un universo bastante popular en Mevú. Dunia recordaba su mirada aterrorizada cuando se fue la luz durante la rueda de prensa. 

El periodista saludó con una pequeña inclinación de cabeza. Dunia dudó por un momento de que fuera una presencia real, pero ahí estaban las gafas en su mano para confirmarlo. 

–Perdona la intromisión, querida. No todos los días atropellan a alguien mientras está buscando contenido en mi canal. 

–No todos los días atropellan a alguien. –contestó Dunia­, tratando de acomodarlo en su ángulo de visión. Asesinato. Alphalife. Un escalofrío le subió por la columna. Todos sus músculos se tensaron, como si intentaran prepararse para una huida imposible. 

El periodista, solemne, le dio la bienvenida al mundo de los vivos. 

–Parece que tenemos entre manos un caso entre un millón. Por lo que sé, (no han acabado de examinar las trazas), el vehículo tuvo que tomar la difícil decisión de atropellarte para salvar al conductor y a otros peatones. 

–O sea, que un robot ha intentado matarme. No puedo decir que me sorprenda demasiado. Puedes sentarte, ¿por favor? Me cuesta levantar la cabeza. ¿Te han dicho algo de mi estado? 

–Oficialmente no. Es información restringida. Pero he estado echando un vistazo a tu pantalla y en mi modesta opinión no tiene mal aspecto. Creo que no tienes nada roto y deberían darte el alta en unos días. Puedes considerarte afortunada, querida. Tengo entendido que tu generación todavía mira a los dos lados antes de cruzar. Parece que es eso lo que te ha salvado la vida. O puede que ese sea un factor que el ordenador ha tenido en cuenta. 

Dunia, en efecto, respiró aliviada, pero no pudo evitar sentir algo de desasosiego. Un accidente así era en teoría posible, pero hacía décadas que nadie perdía la vida atropellado. 

–Muy bien. ¿Puedes explicarme qué haces aquí? Si querías asegurarte de que tu fan sobrevivía tengo que confesar que he llegado a tu canal por pura casualidad 

El periodista sonrió simplemente. 

–Entonces, permíteme presentarme, querida. En Mevú me llamo Horacio Tool. 

Horacio no ocultó que estaba interesado por saber quién era el detective asignado al caso del parque de Neptuno «parecemos enamorados, querida, buscándonos el uno al otro». Dunia iba a decirle que ella no le buscaba para nada, pero las nubes de algodón daban vueltas en su cabeza. El hombre siguió con su monólogo. «Me imagino que no vas a decirme qué pistas sigues, ¿verdad? Bueno, empezaré yo». A Dunia se le pasó por la cabeza que todo fuera parte de su sueño. La Inteligencia del hospital debía saber lo que más le importaba en ese momento y le traía una imagen virtual de alguien en su subconsciente diciendo sólo lo que ella quería oír. Horacio debía ser entonces una simulación excelente, porque olía a un perfume masculino penetrante y hasta pudo sentir la diferencia entre la piel real de la mano izquierda y la falsa en la derecha cuando se acercó para ayudarle a ajustarse las gafas. Dunia volvió a estremecerse. El hombre acarició las gafas y la pantalla que tenían encima de sus cabezas se iluminó. Horacio sonrió de nuevo, «Querida mía, permíteme mostrarte unas imágenes que posiblemente no hayas visto antes. Vienen de una cámara de seguridad de principios de siglo, en la plaza de los Arces, zona centro». Dunia no se resistió. 

Un grupo de cinco jóvenes charlaban en la plaza. En el centro, una muchacha con un vistoso tatuaje en el hombro parecía acaparar la atención del grupo. Era un copo de nieve azul y blanco y parecía uno de esos tatuajes para diabéticos que cambian de color si detectan un problema en la sangre. Dunia miró de refilón a su acompañante, que seguía las imágenes con los brazos cruzados y una media sonrisa de satisfacción. 

La plaza de los Arces, el centro. No muy lejos del barrio de Dunia. ¿Qué hacían esos niños de zapatillas y cazadoras inteligentes tan lejos de casa? Dunia se sacudió las nubes de la cabeza. La imagen era lejana, pero nítida, no podría dejar de reconocer al chico de la derecha, con el flequillo largo y la piel pálida. No podía olvidar su mirada de pánico mientras corría desnudo por el invernadero. 

La chica tenía algo en las manos. Un animal. ¿Un animal? Los jóvenes no jugaban con animales. Las mascotas transmiten enfermedades, muerden y arañan, son impredecibles. ¿Una gallina? ¿De dónde demonios habían sacado ese bicho? Volvió a mirar a Horacio, que estiraba y flexionaba los dedos de su mano robótica con una media sonrisa y luego examinó con detalle la imagen. ¡Patas biónicas! Ahora se daba cuenta de dónde había salido esa gallina. 

Los jóvenes, sentados en círculo en los escalones de ladrillo de la plaza parecían fascinados con el animal. De vez en cuando el viento sacudía las ramas de los árboles (castaños, no arces). Un grupo de nubes negras amenazaban con reunirse allí también. ¿De dónde habrían sacado el cuchillo? Los niños ricos no jugaban con cuchillos. Tenían cubiertos con el filo justo para enterrarse en un bloque de mantequilla. La gallina batía las alas, posiblemente aterrorizada, pero la chica la tenía bien agarrada entre sus dedos finos. El viento le tapaba la cara con mechones oscuros una y otra vez, pero ella permanecía inmóvil, como si recitara una plegaria. Dunia contuvo el aliento. Sus pupilas hacían lo posible por recorrer la escena y registrarla en su embotada cabeza. 

En un segundo, con decisión propia de un carnicero, la chica cortó el cuello de la gallina y la sangre salpicó al círculo de adolescentes, que retrocedieron asustados. Uno o dos observó con pena el desastre en sus zapatillas y sus cazadoras inteligentes, pero Jano no se movió del sitio, sus grandes ojos negros fijos en el cuerpo límpido del animal. La chica le dedicó una sonrisa ¿satisfecha? Luego metió el cuerpo de la gallina en una bolsa. Como siguiendo un guion macabro, justo entonces se desató la tormenta y los jóvenes salieron de la plaza sin poder evitar miradas furtivas a la bolsa que cargaba despreocupadamente su compañera. 

Horacio apagó la pantalla. «Me imagino lo que te preguntas, querida detective. Fue una buena tormenta, no dejó huella». 

Dunia tragó saliva. Cada palabra salía de su boca con dificultad. 

–Los asesinos de Lázaro. 

El periodista asintió. Antes de salir, ayudó a Dunia a quitarse las gafas. «Ya te he robado demasiado tiempo. Tendrás a gente a quién contactar». Sin querer o queriendo posó la mano falsa un segundo en el cuello de Dunia y sus músculos volvieron a tensarse. Parecía real, pero uno podía sentir el peso del metal dentro de la piel falsa. Dunia sabía que había disponibles en el mercado aplicaciones para esas manos capaces de llevar a una mujer al orgasmo en tiempo récord, ¿Cómo de fácil sería programar una aplicación para estrangularle antes de que pudiera gritar? El ordenador del hospital volvió a crear nubes de algodón para Dunia, que ahora mismo sólo deseaba apartarlas a patadas y salir de allí.

lunes, 6 de abril de 2020

Capítulo 8

Las risas de unos niños que juegan en la calle. El ruido de un motor, un tubo de escape. Sonidos y olores diseñados para llevar a gente como Dunia a un día cualquiera de su niñez. Y ahora que el cliente piensa en esos años, en su juguete favorito, en su madre, en la sopa de gérmenes que era el patio del colegio, es el momento de proponerle una experiencia únicamente vintage en algún teatro del centro. «El Rey León vuelve a sus pantallas. Un espectáculo que se disfruta mejor acompañado del perfume de palomitas de maíz. Puede adquirir sus palomitas en las taquillas automáticas». 

No son palomitas. Pensó Dunia. No son más que un sucedáneo sin grasas, ni sal, ni maíz real. Dunia tendría que aguantar publicidad de artículos vintage durante días. Llevaba varias horas sentada delante de su anticuada pantalla, buscando en las redes sociales de hacía veinte años los orígenes de la empresa Alphalife. Sería un milagro que los enemigos de Lázaro aparecieran entre las páginas de autopromoción de la empresa y los artículos que hablaban esperanzados sobre una segunda juventud a los cien años, pero Dunia había aprendido a dejar espacio a los milagros, sobre todo cuando parecía no haber espacio para otra cosa. 

Mientras tanto, su compañero debía aprovechar que ahora era íntimo de la policía real para forzar al doctor Márquez a permitir la autopsia al cuerpo. ¿Qué estarían haciendo con Jano en Alphalife? Fuera lo que fuese, las probabilidades de encontrar respuestas en el cuerpo disminuían con cada día y una vieja detective no podía entender que las cosas hubieran cambiado tanto como para que la policía investigando un posible asesinato no tuviera acceso a la pieza física de evidencia más fundamental de todas: el cuerpo de la víctima. En su cabeza, un cuerpo valía más que un universo de unos y ceros, pero, al parecer, ese tipo de pensamientos eran precisamente lo que demostraban que la policía no alcanzaba a entender cómo debía funcionar una unidad de investigación moderna. Dunia suspiró y se concentró en su pantalla.

La empresa Alphalife había sido creada oficialmente a mediados de los años dos mil treinta, aunque algunos artículos fechaban el comienzo mucho antes, con la unión de varias organizaciones filantrópicas dedicadas a solucionar el problema de la muerte. Durante casi una década lo único que se oyó de la aventura empresarial fueron los rumores más descabellados, hasta llegar al punto en el que una cadena de televisión nacional dio por cierta la historia que hablaba de ingentes cantidades de plasma adquiridas por la central de California para alimentar a un ejército de coballas zombie, y a su fundador, que había muerto hacía tres años mientras volaba en su prototipo de planeador autónomo. 

Quizá a raíz de ese incidente, Alphalife modificó su estrategia, al menos de cara al público. Dejó de hablar de la inmortalidad, y pasó a comercializar sus productos, algunos de los cuales, cremas, o prendas de vestir, parecían sacados más bien de una tienda china de principios de siglo, que de uno de los centros científicos con más presupuesto del planeta. Era la década de los cuarenta. La sociedad poco a poco se había vuelto más pragmática. 

La biotecnología de Alphalife se volvió tan sofisticada como inaccesible a principios de los cincuenta. Los zombies, por fin, pasaron de moda. Los a-mortales, esos humanos que con un poco de mantenimiento podrían vivir para siempre, volvían a ser una posibilidad, aunque cara. La sociedad había pasado de tener miedo del monstruo, a tenerle sólo envidia. 

Dunia se empapó bien de las ideas más descabelladas que pudo encontrar, pero por cada tarado que prometía conocer el emplazamiento de todos los laboratorios biomecánicos y amenazaba con liberar allí una bacteria de fabricación propia, había millones de ciudadanos de bien, que tenían las esperanzas de su descendencia puestas en la empresa y no iban a tolerar tal cosa. Si alguien había amenazado seriamente la empresa Alphalife, parecía ser un lobo solitario que de un modo u otro había dejado de ser un problema hacía años.


Entretanto eran casi las ocho de la tarde y Dunia empezó a notar los ojos resecos, y el cuello pesado. No quedaban policías a su alrededor. Sin crimen, las horas extras eran un recuerdo borroso de principios de siglo y todos los que frenéticamente revisaban luces e interruptores, y los que buscaban una noticia con la que entretener a su audiencia, se habían ido ya a sus casas. La Inteligencia llevaba un buen rato recordándole que, por su salud, lo mejor sería que se fuera también. Especialmente a su edad, lo más importante es descansar. Quizá solo por llevarle la contraria, empezó a ver un vídeo que hablaba de las conexiones de Alphalife con otros gigantes de biotecnología. 

–¡Detective! –La voz de Laura Temp interrumpió la conexión. –Mecagüen… Tenía delante una hamburguesa recién salida del grill cuando me ha llegado una notificación de la central. ¿Qué haces ahí todavía? Dime por favor que estás aprobando el informe de la Inteligencia y vas a cerrar esta pesadilla de caso. 

–Sí. Estoy en ello. Es que no encuentro el botón. 

–Ja. Ja. Como si no nos conociéramos. ¿Tienes algo más sólido que una intuición para mantener el caso abierto? 

–No. 

–Ya. Pues cierra esa pantalla, y por todo lo sagrado, aléjate de esa cosa estúpida de robot, aclárate las ideas, utiliza esa mente racional que te dejaste aparcada en algún momento del dos mil treinta, y vuelve mañana a contarme que tu intuición ha tenido una epifanía por la noche y vas a cerrar el caso. 

–Muy bien. 

–¡No me provoques, Dunia! ¡No me provoques! 

Puede que alejarse del robot fuera lo que necesitaba. Hace años subiría a la azotea, dónde algún compañero tendría una cerveza en la mano. Charlarían sobre el caso y vería algo que se le había escapado. Ahora el alcohol era de mentira, y sus compañeros no sabían tener ideas. Dunia apagó la pantalla y se puso la cazadora. Una partida de Monsters & Knights le subiría la moral. Apagó la pantalla pensando todavía en Laura Temp y en lo poco que envidiaba su situación. A estas horas todos los canales de conocimiento en Mevú debían seguir hablando del caso del parque de Neptuno y la fallida rueda de prensa. Y para colmo la pobre tenía que conformarse con carne de mentira.


Dunia salió del edificio, y se dejó acariciar por los últimos rayos de sol del día. Antes de desactivar sus auriculares sacó su pantalla de bolsillo e hizo una última búsqueda. «Alphalife». Pensó un momento cómo iba a seguir, riéndose de su ocurrencia añadió la palabra «Asesinato», y dejó que el vídeo seleccionado por la inteligencia apareciera. Acababa de poner un pie en la carretera para cruzar la calle cuando un vehículo autónomo pasó a toda velocidad. Dunia sintió que volaba por los aires, todos sus huesos chocando contra el asfalto, y después no sintió nada más.

miércoles, 1 de abril de 2020

Capítulo 7



Dunia cerró la imagen. No pudo evitar acordarse de ese caso de hace veinte años. Si tuviera un Euro digital por cada vez que había vuelto en su cabeza a febrero de 2045, a lo mejor podría comprarse esas piernas biónicas. ¿Cuál había sido su error? Se había dejado aconsejar por sus tripas en lugar de tomar en cuenta el análisis que la Inteligencia le pasaba por delante de la cara desde el primer minuto. La cabezonería, que entre los detectives no es más que otra palabra para la perseverancia, llevaba mucho tiempo pasada de moda.

Es que, además, las tripas no aprenden. No sólo llevaban veinte años diciéndole que la Inteligencia no era de fiar, no. Peor. Algo podrido tenía que tener ahí dentro cuando sus intestinos seguían encogiéndose al pensar en Andreas Mun.

Todos los sicópatas son atractivos. Podía haberle pasado a cualquiera. No somos infalibles. Esto nos enseña a confiar en la Inteligencia colectiva. Caso cerrado. No le des más vueltas. Hace veinte años.

Sí, veinte años. En 2045 todavía era posible entrar en un edificio sin ser grabado. Especialmente en un edificio antiguo, los bloques del centro donde vivían la mayoría de los desempleados. ¿Sabría Laura toda la verdad? Dunia disponía de la única película existente, y era esa la grabación que discurría en su cabeza. Ni la del juicio ni la de la confesión, ni los cientos de especiales que siguieron los aniversarios del caso.

Hablando claro, la Inteligencia le había robado el futuro a Dunia Muro. Y ella no podía guardarle rencor. No tenía sentido. La Inteligencia no era una persona con caprichos o intenciones ocultas. Sólo era una máquina capaz de recibir instrucciones, procesar datos y fingir una conversación. Una herramienta, se repitió a sí misma, un sofisticado destornillador. ¿Qué clase de idiota se pasa veinte años enfadado con un destornillador? Dunia apartó esas ideas de su cabeza. Tenía una pista y la sentía entre sus manos como algo caliente y agradable, un gatito recién nacido. Antes de dirigirse a la Inteligencia, se dijo a sí misma que esta vez sí, iban a trabajar juntas. Costara lo que costara iba a ser capaz de utilizar ese destornillador.

–Busca información sobre los enemigos de Lázaro

–¿Te sientes algo mística hoy, Dunia? Es normal, llega una edad en que los humanos necesitan transcender su vida física y limitada. Una religiosidad que dé significado a su existencia. Es algo que se considera imprescindible proporcionar a los desempleados para garantizar el orden cívico, pero tú tienes un trabajo. Puedo asegurarte de que tu existencia tiene sentido. O al menos la tenía. ¿Quieres un análisis psicológico? ¿O prefieres una meditación guiada?

–¿Alguien ha dicho que estoy loca? ¡No! Quiero saber quiénes son los enemigos de Lázaro.

–Nadie te ha llamado loca -hoy-, pero mi análisis es de un ligero desequilibrio mental. Nunca has sido una persona religiosa y de pronto quieres que te lea la biblia. Además, creo que equivocas el contenido del pasaje. No hay mención de ningún enemigo. Mira. Juan 11:41-44 «Quitaron la piedra, y Jesús, mirando al cielo, dijo…».

Dunia dio un puñetazo en la mesa.

–Detecto frustración y confirmo el desequilibrio. Te recomiendo un descanso de quince minutos y una meditación guiada. Voy a poner música suave. Reclina tu asiento e inspira hondo.

Dunia se levantó con tanto ímpetu que tumbó varias figuritas de caballeros y dragones, y la silla ergonómica de falso cuero salió rodando. La música de cascabeles y flautas que la Inteligencia había seleccionado le taladraba el tímpano. Dentro de la Central, Dunia no podía desconectar los sistemas de comunicación con la Inteligencia, así que no le quedaba más remedio que esperar los quince minutos propuestos por el robot. Pero cómo de momento nadie les ataba a la silla, no tenía por qué quedarse allí. Fue hacia la mesa de Mateo, le indicó por señas que le siguiera, e, ignorando las preguntas que no podía oír, salió con él de la unidad, bajó las escaleras, entró en el edificio contiguo, tomó el ascensor hasta el tercer piso, y trató de explicarse a gritos, rellenando las frases que imaginaba decía Mateo.

–Necesito un traductor… sí, un traductor y un guía… No, en esto no me puede ayudar la Inteligencia.

Su compañero no cuestionó sus intenciones, seguro que estaba encantado de poder hacer una visita a la policía real. Dejó que el escáner de la puerta le examinara, y que la Inteligencia hiciera sus cálculos antes de abrirles paso, y sonrió como un niño ante el armario de Narnia cuando por fin pudo cruzar el umbral. La música en sus oídos cesó por fin, y Dunia suspiró de alivio antes de seguirle.

La policía real trabajaba en un espacio abierto, sin cables ni pantallas. Tenían sofás de color crema y mesitas para posar sus bebidas. La mayoría llevaba gafas de realidad virtual y un teclado fino en el regazo, pero algunos grupos discutían sobre datos proyectados en el aire. Dos policías se relajaban pasándose un balón virtual, y una agente algo rellenita repantigada en su sofá se hacía llevar aperitivos a la boca por un pequeño dron mientras movía las manos frenéticamente sobre el teclado. La mayoría eran jóvenes con atractivas y brillantes melenas. Mateo trató de abrocharse la cazadora y colocarse el pelo. Entre esos jóvenes Dunia se sentía vieja y desubicada, como una tostadora en un concurso de robots. Más o menos como se sentía en su propia unidad, solo que estos agentes parecían idiotas, con tanto movimiento de manos en el aire. Dunia tocó en el hombro a uno de los policías que jugaban con balón y este rodó por el suelo y desapareció. Su compañera hizo una mueca de protesta y después fue a sentarse en uno de los sofás. Las gafas del policía se volvieron transparentes y el chico miró a Dunia levantando una ceja.

–Oye, estoy en el caso del parque de Neptuno, necesito que me eches una mano.

–¿El suicidio? Lo siento, no estamos asignados. Es un suicidio, ¿sabes?

–Si, sí, sí… Nos gustaría analizar el cuerpo de la víctima. Parece ser que la empresa del padre lo tiene custodiado de momento.

El joven la miró con incredulidad. Dunia supuso que la había reconocido como el objeto de la mitad de los chistes de la central y por eso dirigió a Mateo su respuesta.

–¿Por qué no le pregunta a la Inteligencia?

Las orejas de su compañero se pusieron coloradas.

–Dunia… es…

–…La detective asignada al caso. Y si te pregunto es porque la Inteligencia no considera necesario el acceso al cuerpo.

–Entonces es que no es necesario. –concluyó el chico, y sus gafas comenzaron a oscurecerse. Si Mateo no hubiera intervenido en ese momento, la conversación seguramente habría acabado así.

–Me recuerda a un caso de 2047. Un grupo de terroristas franceses logró evadir cualquier tipo de etiquetado digital durante dos meses. Fue necesario acceder a las pruebas físicas, e incluso valorarlas manualmente, porque los informes de la Inteligencia eran poco concluyentes.

Las gafas del joven volvieron a volverse transparentes. Era joven, muy joven, puede que no llegara a los treinta.

–Eso es imposible. Al menos es imposible hoy en día. Hace tres años que la penetración de la red visual de seguridad es de cinco nueves, ¿sabes?

–Eso no es el cien por cien. ¿Y si Alphalife usara algún tipo de código para escapar al procesamiento?

–Sería absurdo. E ilegal.

–¿Y si lo hiciera algún trabajador? En teoría sería posible.

–Eso asumiendo que algún trabajador todavía entienda el código de la Inteligencia de Alphalife.

Dunia no entendí todo lo que se estaba discutiendo, pero pensó que el doctor Márquez parecía dispuesto a llegar a extremos para proteger su información.

–Tendrías que preguntar a mi compañera. Está especializada en etiquetado digital para procesamiento criminal –señaló con la cabeza al sofá donde se había sentado la chica que antes le acompañaba en el juego de balón.

Dunia había dejado de escuchar. Las rodillas le dolían con cada pequeño movimiento, y las piernas le pesaban una tonelada cada una. El sofá era una idea muy muy atractiva. Caminó despacio hasta él, se quitó las zapatillas, y se masajeó los pies. La chica arrugó la nariz, se levantó, fue hacia los dos policías, y, en voz suficientemente alta como para que Dunia pudiera oírlo llamó a su compañero.

–¡Ey! ¡Íbamos a revisar los logs de las funciones de mantenimiento del edificio!

–¡Ah, sí! Perdonad. La comisaria de la unidad de investigación ha puesto una incidencia. Por lo de la luz. ¿Sabes?

–Pf –confirmó su compañera, y los dos se miraron con sonrisa cómplice– Quiero acabar con esta estupidez antes de las cinco. Tengo una experiencia de Cannabis reservada en un bar del centro.

–Sí, parece que la Inteligencia está indispuesta hoy –dijo Dunia desde el sofá. –¿Vais a reiniciarla?

Los dos jóvenes se echaron a reír, las orejas de Mateo volvieron a ponerse rojas. El joven levantó las cejas.

–No está de broma ¿verdad? ¡Qué personaje!

–¿Trabajas con ella? –añadió la chica. Y observó a Mateo de la cabeza a los pies mientras acariciaba un mechón de su fantástica melena.

–¡No! Sólo… me aseguro de que se cierre el caso.

Los chicos asintieron y se despidieron de Mateo con la promesa de echarle un vistazo al tema. Como si una vieja policía no los mirara desde el sofá. Como si fuera el pariente que espera aparcado a que alguien le atienda. «Me aseguro de que se cierre el caso». Justo cuando Dunia empezaba a pensar lo agradable que era tener de nuevo un compañero, Mateo dejaba claro que se avergonzaba de ella. Bueno, ¿qué esperaba? Intentó consolarse con la idea de que al menos no la había arrojado a los pies de Laura, aunque conociéndolo, podía ser solo una cuestión práctica. Volvió a ponerse las zapatillas y se acercó a Mateo, que la miraba con cara de perrito abandonado y probablemente intentaba elaborar una disculpa. Le puso la mano en el hombro y le dio una palmadita. «Olvídalo. No tenemos tiempo para esto».

Capítulo 6



Al llegar a la central, les sorprendió la presencia de camiones y furgonetas aparcados enfrente del edificio. Las agencias de noticias no tenían que desplazarse para conseguir datos e imágenes, así que Dunia no había visto algo así desde principios de siglo. El coche tuvo que parar y maniobrar entre otros vehículos para poder acceder al garaje, e incluso con las ventanillas cerradas, se oían los murmullos de la gente parada ante las puertas. Su compañero se encogió de hombros.

Subieron al tercer piso y esperaron unos segundos a que la puerta les reconociera y se abriera para ellos. Mateo jugueteaba con su pantalla, con la miraba baja, como a un niño al que se le va a echar una reprimenda. No estaba acostumbrado a volver con la tarea sin terminar, desde luego. ¡Pobrecito! Tiene que ser terrible encontrarse en una situación en la que no hay un robot cerca para echarte una mano.

No habían caminado aún diez pasos cuando la comisaria se les puso delante, brazos cruzados y las piernas separadas fijas en la moqueta, improvisado Coloso en medio del pasillo.

–Quiero explicaciones. ¿Por qué no está cerrado el caso?

Mateo carraspeó. 

–Piensa bien lo que vas a decir, detective. Si me nombras al puto robot no respondo de mis actos.

Ahora su compañero le acusaría de desobedecer a la inteligencia, y Dunia tendría que dar explicaciones a su superior. Y eso era algo que no iba a ayudar a resolver el caso y por tanto no tenía el menor interés para ella. Observó a la comisaria, con el pelo en un moño ligeramente desordenado, la papada temblando, y cercos de sudor en la blusa, y pensó que semejante mal humor era inusual, incluso para Laura Temp.

Entonces echó un vistazo por encima del hombro del Coloso y se dio cuenta de la actividad frenética del departamento de delitos contra la seguridad ciudadana. Operarios vestidos con mono azul revisaban los fluorescentes desde lo alto de una escalera, algo que no había visto en treinta años. Detectives de la policía real, con sus juguetes de última generación, pulsaban botones imaginarios en el aire, y sus compañeros estaban reunidos en corros cerca de los dispensadores de bebidas, con gesto preocupado. 

Cuando Mateo comenzó a explicar que el padre de la víctima no estaba de acuerdo con el informe de la Inteligencia, aprovechó para escabullirse. Llegó a uno de los corrillos y trató de entender qué le pasaba hoy a Laura Temp, y la a comisaría en general.

–Ha tenido que ser un fallo analógico, no puedo creer que algo así se le escape a la Inteligencia. Lo que pasa es que este edificio se cae a pedazos. Llevan cinco años hablando del certificado de oficina sin cables, pero ayer mismo tuve que pedir un conector para la pantalla. Me sorprende que los sigan fabricando.

–Ni idea, pero por lo menos somos famosos. ¡Mira, mira! Mevú me recomienda veinte entradas sobre este caso. Se ha creado un universo dedicado en exclusiva al tema.

–Hablando del caso, sabes quién lo lleva, ¿verdad?

Dunia llevaba veinte años siendo invisible. Al principio le había costado adaptarte. No era demasiado alta. Nunca había tenido una hermosa melena. Nunca había querido cambiar su nariz puntiaguda o sus ojos pequeños y redondos, como canicas. Así que le había llevado años y docenas de investigaciones labrarse la clase de respeto que le hacía a los compañeros llevarle un trozo de tarta a la mesa si se celebraba un cumpleaños en otra sección. Y eso es algo que no se pierde en una tarde, sino poco a poco. Una se da cuenta de que cada vez hay más días en los que almuerza sola, que no está al tanto de quién se acuesta con quién, y aunque a Dunia estás cosas jamás le habían importado, llegó el día en que se había vuelto transparente y no le quedó más que abrazar su nueva condición. Después de tanto tiempo disfrutaba cuando alguien pegaba un pequeño respingo al darse cuenta de que la vieja detective estaba de pie justo al lado.

–¿Quién? ¿Quién lleva el caso? –preguntó con retintín.

–Hablamos del suceso del parque de Neptuno –explicó alguien que mordisqueada una chocolatina de sucedáneo de cacao, pronunciando despacio cada palabra.

–¡Ah! ¿Qué hay sobre el suceso?

El mismo alguien la miró confusa. 

–Nos sorprendió no verte en la rueda de prensa. Yo tengo que salir. Ya nos contarás.

¿Una rueda de prensa? ¿Por qué demonios organizaría Laura una rueda de prensa? No habían tenido una en años. Sólo había una posibilidad, y es que la Inteligencia se lo hubiera aconsejado. Podía imaginarse las palabras de la comisaria «Es una máquina estúpida, pero también es nuestro gestor de imagen, sabe mejor que nadie lo que produce un impacto positivo en Mevú, y nuestro dinero nos costó esa funcionalidad».

Dunia se dirigió a su escritorio, echó de malos modos al joven que charlaba con el culo en su mesa, dejó caer sus maltratados huesos en la silla con un suspiro, y pidió a la Inteligencia que le dejara ver el vídeo de la rueda de prensa del suceso del parque de Neptuno.

La máquina accedió, y Dunia se acomodó en el falso cuero de su vieja silla.

Laura se había recogido el pelo en un moño impecable para el evento. Seguro que ella hubiera preferido presumir de melena, pero la inteligencia habría recomendado que los auriculares fueran perfectamente visibles para recordar a los asistentes que seguían en el siglo veintiuno y no se habían caído en una brecha espacio-temporal. Llevaba un traje de chaqueta y esperaba con la cabeza alta, la papada tensa, la pantalla extendida en el atril, las manos relajadas a su lado, y la mirada al frente, sobre el mar de cien sillas de madera real que debían haberse sacado del almacén para la ocasión. Imperturbable. La columna en la que uno se apoya cuando la barca se mueve más de la cuenta.

Periodistas entrados en años, las pocas cabezas calvas, viejos conocidos que hacía décadas no pisaban esa sala, se apiñaban en las primeras filas, conversando alegremente, a todas luces encantados con la iniciativa. Laura se aclaró la garganta y dio la bienvenida a los asistentes. Los murmullos se acallaron, las últimas personas de pie se sentaron, y la Inteligencia cerró la puerta de la sala. La pantalla de Laura se iluminó, reflejándose ligeramente en sus manos.

–En el día de ayer fuimos alertados de un suceso en el parque de Neptuno. Como bien saben ustedes, las cámaras captaron el deceso de un varón blanco de quince años por causas a primera vista no naturales.

Dunia estudió las imágenes. Poca gente parecía impactada por la información. Los periodistas, sobre todo los más jóvenes, seguramente esperaban a que pasara algo entretenido mientras reflexionaban sobre el contenido de su vídeo-comentario.

–La información, disponible para nosotros al minuto, descarta categóricamente la presencia de otras personas en el escenario del suceso.

Un murmullo se extendió por la sala. «¿Y robots?» dijo un hombrecillo pequeño, con gafas, sentado a la izquierda de la sala, en las primeras filas. «¿Y robots?» Volvió a repetir más alto. Dunia se acordó de la pequeña e inofensiva planta-robot del invernadero y sacudió la cabeza. Los idiotas le sacaban de quicio.

–Por favor, esperen al turno de preguntas –continuó Laura–, el servicio de Inteligencia Artificial de la policía nacional baraja una sola hipótesis. Hipótesis, que desde luego tiene que ser evaluada desde la óptica y la experiencia de nuestros detectives.

Desde el centro de la sala llegó el principio de una risotada. Otros periodistas comentaron algo con su compañero, y los más tenían una sonrisa sarcástica en la boca. Estarían pensando en los cínicos comentarios con los que iban a deleitar a su público. Laura esperó un momento a que el silencio volviera a la sala.

–Como decía, la hipótesis que barajamos es el suicidio. En todo caso, por la edad del joven, queremos explorar el caso en detalle, y, dado el interés, hemos decidido poner a la disposición de los medios esta oportunidad de plantear preguntas y al mismo tiempo asegurar en lo posible la integridad de la comunicación al público. –observó la sala como la profesora que se cerciora de que todos los alumnos están tranquilos– ¿alguna pregunta?

Decenas de manos se alzaron a la vez, docenas de bocas empezaron a gritar como si estuvieran solos en sus casas y escribieran en un universo de Mevú. ¿Es verdad que el chico era un a-mortal? ¿Qué software exactamente usa la policía? ¿Había robots?

–A ver, ¿ya no se acuerdan de cómo funcionaba esto? De uno en uno. ¡Usted! –dijo señalando a una señora de nariz respingona en la primera fila.

–Para El Virtual ¿Tienen alguna idea de los motivos que le han podido llevar al suicidio?

–Sería irresponsable especular en este punto. De momento, sólo tenemos la evaluación de la Inteligencia Artificial.

–Para el canal del Nuevo Mundo. ¿Qué software ex-ac-ta-men-te utiliza la policía?

–No creo que le sorprenda si le digo que responderle a esa pregunta constituiría una brecha de seguridad.

El joven se quedó rumiando las palabras de Laura, que rápidamente señalaba a otros periodistas, esquivando sabiamente al hombrecillo obsesionado con los robots, utilizando a menudo los recursos «confidencialidad necesaria para la resolución del caso», «colaboración con todas las partes interesadas» y repitiendo la palabra suicidio.

Laura dio la palabra a otro chico con la piel oscura y la ropa de terciopelo azul que a Reina le resultaba vagamente familiar. Tenía una mano biónica y algún universo famoso en Mevú desde el que hablaba de las novedades del sector de biotecnología.

–¿Han confirmado que la víctima era un a-mortal?

–No entiendo la relevancia con lo que nos ocupa.

–Si no entiende la relevancia sería mejor que se apartaran de caso.

La sala dio un respingo casi al unísono. Risas y aplausos, sobre todo entre las primeras filas. Una voz se distinguió sobre el resto «¡Eso le pasa por jugar a ser Dios!».

–¡Por favor, señores! ¡Estamos hablando de una vida humana!

–¿Admite que era un a-mortal? ¿Están investigando a los enemigos de Lázaro?

Laura abrió la boca, y Dunia pensó en la barbaridad que podría salir de ella, pero antes de que pudiera cerrarla sucedió algo que ni los más viejos de la sala habían experimentado nunca.

Se fue la luz.

Alguien dejó escapar un grito. Laura reaccionó rápidamente «tranquilidad, por favor, será un error en el reloj del sistema de Inteligencia Artificial de la central» y luego fijó la vista instintivamente en el espacio entre las puertas de la sala y el techo. Justo allí las luces de emergencia parpadearon, y, despertando de su letargo de décadas, finalmente se encendieron. Para entonces, una multitud se había levantado de sus asientos y empujándose los unos a los otros, intentaban salir de la sala. El joven de la mano biónica había perdido su sonrisa de superioridad y miraba aterrorizado a su alrededor. Laura corrió hacia la salida e hizo lo posible para ordenar al rebaño, gritando instrucciones «¡calma, por favor! ¡Salgan ordenadamente! Vean, fuera hay luz, no hay ningún problema». El hombrecillo de los robots, hecho un ovillo y con las gafas torcidas gritaba «¡está pasando!, ¡Está pasando!» Laura le tomó del brazo, le obligó a levantarse, y le condujo fuera. Cuando el último periodista salió, cerró de un portazo y el vídeo se cortó.

–¿Quieres ver los montajes, los análisis, y los testimonios de los periodistas presentes? –preguntó la Inteligencia.

–¡No! ¡Sigue a Laura Temp!

–No me parece que a tu edad puedas permitirte perder el tiempo, pero como quieras.

La pantalla mostró a Laura, de pie en su despacho, gritando a la Inteligencia como si fuera una abuela cualquiera.

–¡Inteligencia! ¿Qué coño ha pasado?

Pasaron uno, dos, tres segundos, durante los que la comisaria miró al cielo. Cuando la pregunta era compleja, la inteligencia podía tardar un momento en computar la respuesta.

–Podemos excluir un problema técnico.

–¿Entonces? 

–Es difícil de explicar.

–¿Perdón? -dijo Laura extendiendo la o, como si se dirigiera a un empleado rebelde.

–Demasiadas variables.

–¡Inténtalo, joder!

–A la vista de las opciones disponibles y considerando las prioridades establecidas, era lo más razonable.

–¿Ha sido intencional?

–Sí.

–A ver, cosa estúpida, explícame de un modo que lo entienda, como va a ayudar a mejorar la imagen de la policía una cagada semejante.

–No va a ayudar.

–¡¿Entonces por qué coño lo has hecho?!!

–Todos tenemos que lidiar con intereses permanentemente en conflicto, Laura. Es algo que compartimos los humanos y las máquinas.

Dunia pensó que su jefa no debería hablar en voz alta con los robots. Ni siquiera con la puerta del despacho cerrada.

Capítulo 5



En la década de los sesenta, la brecha generacional entre los nativos de la Inteligencia Artificial y los que durante su juventud aprendieron idiomas, visitaron a un médico humano y albergaron alguna esperanza de encontrar un trabajo como administrativo, se podía observar al pasar las calles. Sólo los segundos aún realizaban ese acto reflejo de mirar a derecha e izquierda. Dunia cruzó así la carretera y se dirigió a verja que delimitaba la propiedad donde el horrible castillo de torres coronadas de rojo era la reina indiscutible del carnaval de mal gusto de la acera.

Apoyado en la verja que rodeaba la propiedad, mirando nervioso a un lado y a otro, se encontraba ya Mateo. Cuando vio aparecer a Dunia, alzó los brazos al cielo.

–¿Por qué estás incomunicada? ¡Va contra el reglamento! ¡Es peligroso!

–¿No he conectado los auriculares? ¡Vaya! A mi edad olvido las cosas. ¿Hay algún tratamiento para eso?

–Bueno, está…

–Deja, deja –interrumpió Dunia– cuéntame qué sabes de la familia de la víctima. Has investigado algo de camino, ¿no?

Mati se hinchó como un pavo, olvidó que Dunia debía haber pedido a la Inteligencia que le hiciera el mismo informe y se dispuso a demostrar que, aunque no era necesario, poseía una memoria excelente. «Roberto Márquez, doctor en robótica es el padre de la víctima y la única familia conocida. El doctor Márquez comienza a aparecer en artículos especializados ya en la década de los treinta como cabeza del equipo que ha patentado algunos de los mejores prototipos de extremidades extensibles del mercado. En el año 2050 es nombrado director de la empresa de ingeniería médica Alphalife y se le pierde la pista, académicamente hablando».

–¿Y la madre?

–Fallecida

–En el año cincuenta, por supuesto.

–Sí. ¿También has leído el informe? Todavía tienes buena memoria.

–No, Mati, tengo cualidades intrínsecamente humanas.

Mateo se quedó pensando a qué se refería su compañera. Mientras, ésta abrió la verja, y los dos cruzaron el patio hasta la puerta principal dónde el doctor Márquez ya les esperaba con los brazos cruzados.

El hombre que tenían enfrente podía tener sesenta años o podían ser ochenta, era difícil de adivinar. Más de sesenta, seguro. Llevaba la cabeza afeitada, diciéndole al mundo que estaba por encima de las modas y tendencias, o por lo menos, apartado de ellas. Los ojos azules, casi grises, podrían darle un aire de villano de película, si no fuera por las pupilas, que, en lugar de taladrar al visitante, se movían constantemente de un lado a otro, ignorando a la persona que se encontraba enfrente.

Nada más lejos de la realidad, por supuesto. Mientras Dunia y Mati esperaban a que se les invitara a entrar, las lentillas de Márquez le ponían al día sobre su puesto de trabajo, especialidad, experiencia, y cualquier otra información que ellos o la central de policía hubieran hecho pública. El mínimo exigido en el caso de Dunia, que no soportaba que la miraran, o, mejor dicho, no la miraran, de esa manera.

–Siento mucho su pérdida– dijo Mati tendiendo la mano. Tal intercambio de microbios se reservaba para ocasiones especiales y en general estaba bien visto rechazar la mano ofrecida. Eso fue exactamente lo que hizo el doctor Márquez, utilizando la suya para señalar a los policías la entrada de su despacho. La detective le dedicó una mínima inclinación de cabeza al pasar y se quedó un momento de pie al lado de la puerta, como si le dolieran las rodillas y necesitara un momento de reposo antes de descalzarse y ponerse las pantuflas que se les ofrecía.

El despacho tenía el tamaño de un pequeño apartamento. Todas sus paredes estaban cubiertas de estanterías con libros y algún objeto dispuesto con gusto aquí y allá. El visitante podría creer que se encontraba en el refugio de un intelectual de algún siglo pasado, pero si se acercaba al reloj de agujas doradas posado entre unos tomos de las obras de Camus, una voz le susurraría sus planes para el día y cómo llevarlos a cabo del modo más eficiente. Si pasaba después por delante del globo terráqueo con elegantes mapas en tonos tierra y acariciaba algún punto del mar Adriático, se le presentarían sugerencias para unas vacaciones inolvidables, y aunque decidiera simplemente esperar de pie en la entrada, se daría cuenta de que era extraño oler desde allí la rosa recién cortada que descansaba en el alto jarrón de porcelana de Delft al otro lado de la habitación.

Juguetes de niño rico que acaban en la basura, pensó Dunia. Añadir inteligencia a las cosas no era caro, pero las formas exquisitas y los materiales con los que se fabricaban los objetos allí expuestos subían los costes hasta límites absurdos. Los ricos siempre han necesitado cosas caras, y las empresas de cualquier época se encargan con gusto de cubrir esa necesidad. Los ojos de la policía se habían posado en una espada de acero toledano con empuñadura de bronce que no era más que un sofisticado mando de juego para Monsters & Knights. ¡Bah! Se dijo, sin poder evitar una punzada de envidia, y se acercó por fin a los dos hombres, que acababan de sentarse en sofás de cuero negro en torno a una mesita ovalada de madera brillante, en el centro de la habitación.

El doctor Márquez pasó la mano por encima de la superficie de la mesa y esta se iluminó.

–¿Puedo ofrecerles algo de beber?

–Un vaso de agua con naranja sería perfecto. – dijo Mati.

Dunia rechazó la oferta y, con un pequeño quejido, se acomodó por fin en su asiento. Márquez apoyó la yema del dedo en dos puntos de la superficie brillante de la mesita para pedir las bebidas y después se echó hacia atrás en el sofá. Piernas cruzadas y discreto vistazo al reloj de agujas doradas, la detective sospechó que no se lo iba a poner fácil. No se equivocaba. El doctor pertenecía a una clase social tan diferente, que podría venir de otro planeta. Y también podría pagarse el viaje a otro planeta si es que un día había necesidad de abandonar la Tierra. Desde allí les miraría igual que les miraba entonces, como se mira a un gato o a un mono que se lame sus partes.

–Antes de empezar quiero que sepa que lamentamos… –empezó, algo incómodo Mateo.

Márquez hizo con los dedos el gesto de enrollar un hilo invisible.

–El señor Márquez quiere ir al grano, Mateo. –dijo Dunia, y dirigiéndose al doctor–. ¿Puede hablarnos sobre Jano? Su carácter, su rutina, sus amigos… ¿Notó algo fuera de lo normal estos días?

–Jano era un adolescente, ¿suponen que conocía a mi hijo mejor que Mevú? Han pasado casi doce horas desde el suceso, ¿no lo saben ya todo sobre él? La verdad, esperaba que vinieran a darme resultados, no a hacer preguntas absurdas. ¿Qué sistema de Inteligencia utilizan en la policía? Debería ser capaz de calcular la probabilidad de que alguien de su red de contactos cometa un crimen.

–Señor, no nos está permitido presumir la culpabilidad de los ciudadanos –dijo Mati.



–¡Por supuesto que no! ¿Quién se fiaría de ustedes con semejante información? Pero a su ordenador sí le está permitido. ¿No les ha dado algún nombre?

–No ha sido necesario, señor. El software ha determinado, sin lugar a duda razonable, que…

Dunia interrumpió a su compañero.

–Nuestro robot es un dolor en el alto muslo, con perdón, pero usted es el experto en robótica y el padre de su hijo. ¿Qué nombres sospecha que tendría que darnos?

–¿Quieren que yo les indique sospechosos? ¿Pero en qué siglo viven ustedes?

Como para subrayar sus palabras, un robot mayordomo entró en la habitación con una bandeja. Dos vasos, uno naranja y otro incoloro que ambos hombres cogieron y posaron en la mesita, ahora apagada. Dunia dio las gracias al robot y su compañero sacudió la cabeza.

–Mi compañera seguramente trata de mostrarle lo mucho que le interesa el caso de su hijo. Pertenece a otra generación ¡quién puede culparla! Pero lo que venimos a comunicarle, el resultado de la investigación llevada a cabo por la Inteligencia Artificial de nuestra central…

Esta vez fue el doctor Márquez el que interrumpió a Mati, para regocijo de la detective.

–Miren, sé dónde quieren ir a parar. Diagnostican una depresión a mi hijo y cierran el caso, pero sus revisiones médicas nunca dieron un resultado extraño, nuestra red nunca dio la voz de alarma, y según su análisis genético no tiene predisposición a las enfermedades mentales –el doctor tomó aire y resopló ruidosamente. –me temo que van a tener que hacer su trabajo.

–¡Ya has oído, detective, al trabajo! Puede estar tranquilo, doctor, personalmente, nada me motiva más que investigar un asesinato.

Los dos hombres la miraron perplejos. Ella le devolvió la mirada a Márquez, se echó hacia delante y preguntó con voz grave:

–¿Dónde estaba usted anoche entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana?

El aludido abrió la boca, y se quedó un segundo inmóvil. Después explotó en una serie de insultos.

–¿Le parece que es el momento de hacer bromas? Puedo entender su incompetencia y su falta de interés, pero debería intentar al menos ofrecer la clase de compasión que se espera de un agente humano.

Dunia se dio cuenta de que la mano del doctor, apoyada en el reposabrazos, temblaba. Él también pareció darse cuenta y cerró el puño.

–Oh, perdone, perdone, quizá he sido brusca. Pero, o mucho me equivoco, o usted no está buscando compasión, sino, sobre todo, saber la verdad y quizá, si me permite, ¿venganza?

Por toda respuesta, el doctor tomó su vaso y dio unos tragos rápidos. Cuando volvió a posarlo en la mesa, la mano había dejado de temblar. La policía prosiguió.

–He visto las imágenes. No hace falta ningún software de última generación para darse cuenta de que su hijo huía aterrorizado, pero no tenemos ni idea de porqué. No creo ni por un segundo en la teoría del suicidio, y me gustaría llegar al fondo de este asunto.



Dunia se dio cuenta de que su compañero la miraba como se mira a un tren sin frenos a punto de descarrilar. Márquez observó el vaso vacío como si la respuesta se encontrara dentro, y sacudió la cabeza. Ella le dio unos segundos. No esperaba, desde luego, que el doctor confiara en que las habilidades intrínsecamente humanas de la policía fueran a darle respuestas, pero sabía que, en semejante situación, un padre, aunque fuera un experto en robótica, iba a aferrarse a cualquier cosa que pudiera devolverle algo de paz. No se equivocaba. Una sonrisa irónica apareció en su cara.

–¿Pretende que me abandone al absurdo? ¿Qué quiere de mí?

–Que coopere con nosotros. ¿Le parece que somos incompetentes? Espere a ver qué dice la Inteligencia cuando le pasemos los datos de esta entrevista.

–Datos totalmente subjetivos –añadió–. Datos que podrían elevar la probabilidad de marcarle como sospechoso. ¿Dónde estaba usted anoche entre las ocho de la tarde y las seis de la mañana?

Él volvió a sacudir la cabeza, casi con nostalgia, como si recordara jugar con su hijo a los detectives en otros tiempos. Ignoró por segunda vez la pregunta.

–Si tan sólo entendieran lo que se ha perdido, quizá harían las preguntas adecuadas.

Mateo claramente empezaba a impacientarse y olvidó todo sobre cómo se debe hablar con una víctima.

–¡Fue un suicidio! ¿Ha visto las probabilidades? Son tan altas que podemos afirmarlo como un hecho probado. ¿Qué objetivo tiene esta conversación? ¡Si no está convencido, denos acceso físico al cuerpo de la víctima y lo confirmaremos de forma manual si es necesario! ¡Un análisis toxicológico nos llevaría quince minutos!

El policía se había levantado y miraba expectante al doctor. El mayordomo robot entró en la sala, pasó una de sus manos con cepillo integrado sobre la mesa, y volvió a desaparecer. Dunia pensó que iban a ser escoltados fuera de la casa, pero el doctor se levantó despacio, caminó pensativo hacia la ventana, y, tras unos interminables segundos, señaló fuera.

–¿Conocen nuestras piernas extensibles? Son una obra de arte. Me imagino que las han visto, aunque sean algo fuera de su alcance. Cuando ustedes se las puedan permitir, las alas biónicas ya estarán a la venta. Después de muchos años de trabajo tengo que aceptar que nuestros magníficos proyectos hacen infelices a una gran mayoría.

Suspiró, antes de concluir.

–Alphalife tiene muchos enemigos. Por eso mantenemos nuestros secretos fuera del alcance de manos humanas. Su robot ya tiene acceso a nuestros datos, pero asegúrense de actualizarlo. De momento parece que sólo les sirve para excusar su incompetencia. Ahora salgan, por favor.

El robot mayordomo apareció para escoltarlos fuera de la casa. Se calzaron los zapatos, cruzaron el patio y esperaron en la puerta unos segundos hasta que un coche de policía autónomo los recogió. Dunia meditaba en silencio las palabras del doctor Márquez. ¿Qué tenían que ver los enemigos, o los secretos de la empresa Alphalife con el cuerpo de Jano? En el momento de su muerte, Jano estaba desnudo. Ni piernas extensibles, ni alas biónicas, ni nada que se le pareciera. Era evidente que su cuerpo descansaba de momento en Alphalife. ¿Por qué? Ni idea, pero, aunque fuera una idea anticuada, tenían que hacerse con él.

Mateo también llevaba un buen rato callado, mirando por la ventana las casas de plástico de los barrios favorecidos.

–La gente sólo utiliza esas piernas para jugar a videojuegos. –dijo finalmente.

–Yo me conformo con que me retoquen las mías. Lo último que necesito es que un par de robots decidan dónde tengo que ir.

Mateo dedicó el resto del viaje a explicar por qué las piernas extensibles no tenían poder de decisión. Dunia había dejado de escucharle, pero como de costumbre su compañero no era consciente. ¡Pobre Mateo! ¿Qué hacía trabajando en seguridad ciudadana? Encajaría perfectamente en cualquier parte del monstruo en el que se había convertido la antigua policía científica. La policía «real» se hacían llamar. Los únicos que disponían de un certificado de oficina sin cables. Los que investigaban las cosas importantes, como la fuga de datos del escáner cerebral de Tokio. Debía ser un problema de edad. Los cuarenta años del policía eran desde el punto de vista de la Inteligencia, un escollo insalvable en el examen de acceso a la unidad. El por qué cada año volvía a intentarlo sólo podía explicarse porque incluso Mateo era capaz de ignorar de vez en cuando las sagradas estadísticas.

Dentro del coche olía a tierra fresca después de la lluvia. La imagen de un joven feliz paseando por un bosque le vino a la cabeza a la detective. Un coro de pájaros parecía saludar al caminante, que, riendo alegre, estiró las piernas más de cinco metros para observar mejor los nidos de las copas de los árboles. Una versión low-cost de las famosas piernas diseñadas por el laboratorio Alphalife, al alcance de cualquier trabajador. Visite nuestra tienda en Mevú.

–Tendría que ser ilegal –murmuró para sí.

Capítulo 4



Una hilera de brillantes motocicletas autónomas aparcadas en la puerta del edificio ofrecían lo mejor de los avances en automoción de la última década al agente que así lo deseara. Sus asientos todavía olían al cuero falso de la fábrica, y algunas pantallas todavía contaban con ese plástico protector que tanto gusto da pelar. Su forma de huevo aseguraba estabilidad sin precedentes y su hoja de servicios mencionaba el hecho de que el modelo nunca se había visto involucrado en un accidente. Pero los policías apenas las utilizaban. Las encontraban «poco estables» y se quejaban de que «dejan al agente expuesto». «Expuesto al ridículo», solía responder Dunia. «Porque mira que son feas esas cosas». 

El único problema que tenían las motocicletas es que eran motocicletas, y contra eso, poco se podía hacer. En una época en que casi todos los males del cuerpo tenían cura, perder una extremidad, o peor, matarse en un accidente de tráfico, era una de las cosas más idiotas que podían pasarle a uno. La obsesión por la seguridad había privado a los bebés de casi todo tipo de juguetes, a los jóvenes de drogas y alcohol y a los adultos de pasar la crisis de los cincuenta conduciendo un coche de carreras. 

Dunia inició los sistemas de seguridad, como le recordaba la máquina «por favor, ajuste el arnés, asegúrese de que sus pies están dispuestos en los estribos en paralelo a…», se reclinó en el asiento, dijo «al parque de Neptuno», y el huevo salió a toda velocidad hacia el acceso de la autopista subterránea. 

Su recién adquirido compañero no había querido acompañarla. No pensaba que hubiera que vivir peligrosamente. Cuando el cuerpo se puede reparar, cuando la sensación de una descarga de adrenalina se puede simular, cuando hay miles de entretenimientos para las personas ociosas ¿para qué ponerse en peligro? Vivían en la mejor época de la historia. Nadie estaba obligado a trabajar ni a sufrir. Los robots habían acabado con la maldición bíblica que pesaba sobre la humanidad y la gente podía disfrutar de muchos años mientras procurara no destrozar su cuerpo. Mateo cogió el metro. 

A no ser que detectara la presencia de un peatón a menos de diez metros la moto no hacía ruido alguno, pero cuando cogía un poco de velocidad el aire le revolvía el pelo al pasajero, y si giraba bruscamente, el huevo se inclinaba a uno u otro lado, y este pequeño bamboleo que tan nerviosos ponía a algunos agentes, a Dunia le resultaba de lo más agradable. En lo que pareció un segundo, la moto llegó al barrio Olimpo. El nuevo barrio a cincuenta kilómetros de Madrid, crecido al fuego lento del dinero de las robóticas, era dónde los nuevos ricos levantaban sus monumentos plásticos al mal gusto. Lo único que pudo poner de su parte quién quiera que hubiera diseñado ese espacio, fue una fuente de Neptuno de piedra auténtica y una colección de árboles centenarios, comprados a la ciudad de Madrid. Pero no era el parque con sus ramas centenarias lo primero que llamaba la atención del visitante, sino el inmenso castillo con torres coronadas de tejados rojos. Un castillo que merecía un impreciso grito de admiración. Un ¡hay que tener valor! 

La moto dejó a su pasajera a las puertas del castillo y, sin un sonido, se fue dónde el algoritmo calculaba que podía ser más útil. 

Mientras esperaba a su compañero, Dunia observó el castillo, las casas colindantes, otros delirios de grandeza impresos, y el invernadero en el parque, al otro lado de la calle, que parecía un juguete en comparación. El escenario del crimen pensó, y, movida por un instinto viejo, casi un acto reflejo, cruzó la calle y caminó por el parque, bordeando la fuente de Neptuno. Empujó la puerta de cristal y las jambas se abrieron para ella, como para cualquiera que pasara por allí. Todos los datos que podrían resultar de interés ya habían sido recogidos automáticamente y no tenía sentido limitar el paso de los ciudadanos al lugar del presunto crimen. Respiró el aire denso y perfumado dentro del edificio, y avanzó. 

No había un alma, y, sin embargo, se sentía observada. ¿Alguien había pisado o una rama? ¿O eran los chasquidos de las copas de los castaños peleando fuera del edificio? El viento de otoño silbaba furioso fuera del edificio de cristal, como si quisiera cubrir la presencia de alguien. Dunia se llevó la mano a la cadera, dónde guardaba su pantalla, y caminó despacio por el camino principal, mirando a izquierda y derecha. ¿Dónde estaban los sauces? 

Otro chasquido le hizo volverse violentamente con la pantalla en la mano. Se dio la vuelta lentamente, observando cada tronco y cada piedra, pero no vio a nadie. Siguió avanzando algo más rápido, sin dedicar más que un vistazo a las decenas de orquídeas rosáceas que exhibían sus encantos desde sus sábanas verdes. Comenzó a sudar en su vieja cazadora de cuero. Se dijo que quien quisiera atacar a una señora mayor habría tenido tiempo de sobra para hacerlo, pero no había acabado de formular la frase en su cabeza cuando oyó un leve zumbido. «¿Quién está ahí?», gritó. 

El zumbido se hizo más fuerte al acercarse, las ramas del suelo crujían ahora sin disimulo bajo el peso de un pequeño robot con forma de hoja que se hizo visible desde detrás de un macizo de gardenias. «¿Desea saber más sobre el jardín botánico del parque de Neptuno? Puedo ofrecerle una visita guiada». 

¡Dios! ¡Como odiaba a los robots! Se sentó en uno de los bancos que salpicaban el camino principal, se quitó la cazadora y recuperó el aliento lo suficiente como para preguntar a la hoja si almacenaba datos sobre las visitas al jardín. 

«Sí. Puedo ofrecerle datos ¿Desde qué fecha? ¿Quiere la media, la mediana? ¿Una gráfica, quizá? ¿Quiere un despliegue por edad, días de la semana, horas?» La mirada de odio de la humana le pasó totalmente desapercibida a la pequeña máquina, que estaba programada para mostrar alegres fotos de plantas y árboles mientras dialogaba con el usuario. «Quiero ver las visitas desde las cinco de la tarde a las nueve de la noche de ayer». 

El robot pareció meditar un largo rato y por fin dibujó los ejes de una gráfica en la que brillaba un sólo punto. Dunia arrugó la frente «Enséñame las visitas desde las dos de la tarde?». Esta vez la máquina escupió sin apenas dudar la misma gráfica, con el mismo punto luminoso. La policía pidió a la máquina que le mostrara el itinerario de esa única visita. 

Tras un breve paseo por un camino de tierra, Dunia reconoció el sauce y las petunias que había visto en su pantalla. La tierra aún conservaba la forma del cuerpo adolescente. La policía se acuclilló, tomó un puñado con las manos, se la llevó a la nariz. ¿Qué esperaba encontrar? Miró alrededor. Nada. El asesino no había dejado huellas, ni colillas de cigarrillos, ni siquiera un punto luminoso en la pantalla de un robot. Se levantó y volvió a observar el escenario del crimen. Desde luego, puestos a escoger un lugar para morir, este era uno hermoso.

Capítulo 3

El corazón de la vieja detective latía a toda velocidad. ¿Un asesinato? Ya no se investigaban asesinatos. Y si algo remotamente parecido a un asesinato necesitaba investigarse, no sería ella, la detective más incompetente de la central (datos objetivos medidos y compartidos por la Inteligencia), la que se encargaría de tal investigación. Dunia llevaba dos décadas atendiendo casos de adolescentes que se desviaban al bar de camino a casa y siendo amonestada en varias ocasiones por acabar compartiendo una experiencia de opio virtual con la víctima en cuestión. ¿Dónde estaba el truco? Una parte de ella, que llevaba dormida veinte años, se estaba desperezando. Era ese sabueso que olfateaba sospechosos mejor que un escáner mental. 

Ahora sí, por fin, la Inteligencia le mostró las imágenes del caso que se le había asignado. «Suspender el juicio hasta valorar las pruebas», se dijo a sí misma, y puso los cinco sentidos, y el sexto, la intuición y el instinto, en el vídeo que la Inteligencia proyectaba en su pantalla. 

Un adolescente de unos quince años entraba desnudo en el invernadero del jardín botánico del parque de Neptuno. Las imágenes habían sido compuestas por retazos de vídeos de calidades diversas, y le daban a la escena un aire onírico, de cuento de brujas y niños perdidos. Las ramas de los sauces acariciaban la piel blanca del chico, en una composición casi teatral. El vídeo no tenía sonido, así que la figura blanca parecía flotar entre los troncos. Tras varias rápidas zancadas el chico se llevó la mano al pecho, se agazapó en un manto de petunias, bajo las ramas de un sauce, y pareció quedarse dormido acariciado por la luna. 

–¿Eso es todo? –preguntó Dunia a la Inteligencia 

–¿Qué más quieres? El chico apareció muerto por la mañana, ergo, tenemos un posible caso de asesinato. Para ser exactos, la probabilidad de un asesinato es menor del 0,01 por ciento. La probabilidad de muerte natural es de un uno por ciento, aunque podría subir dependiendo del análisis forense. Nota. No estamos autorizados a realizar un análisis forense. La probabilidad de un suicidio es del noventa y ocho coma noventa y nueve por ciento. He estudiado su perfil en Mevú[1]. La víctima tenía una baja presencia online, un alto respeto por la autoridad y un perfil de consumo similar al de un ciudadano de la tercera edad. Un suicida clásico. 

La joven Dunia, la detective, se había despertado. Era demasiado tarde para adormecerla con estadísticas. Los crímenes también son anomalías y excepciones. ¿Por qué no se puede hacer una autopsia? Y si no se puede ¿cómo piensan que se ha suicidado el chico? Tenía un millón de preguntas y empezó por la que quizá no fuera la más esencial. 

–Y si ya lo tienes todo claro, ¿para qué me necesitas? 

–Por tus cualidades intrínsecamente humanas. Las familias de las víctimas no suelen reaccionar bien a las conversaciones con Inteligencia Artificial, da igual el grado de empatía que el robot sea capaz de transmitir. 

La inteligencia fingió un suspiro y continuó con su simulación de voz melosa. 

– Aunque sea una máquina como yo, con un corazón tan grande que llega a los cinco continentes. ¡Sí! ¿Lo sabías? ¡También las centrales de Sídney y Melbourne han decidido confiar en nuestro software! 

–¿Sí? Yo confío más en los aciertos de una moneda al aire. Es más barato. 

–Ja. Ja. Ja. ¿Una broma? Deja que almacene esa respuesta en mi base de datos. No siempre estás tan despierta, Dunia. ¿Recuerdas el 23 de febrero de 2045? Yo sí. Tengo un sistema de ficheros distribuidos que hace imposible la pérdida de información. Por el contrario, el almacenamiento de datos humanos es de risa. No hacéis más que distorsionar información. 

La detective humana recordaba esa fecha como si también estuviera grabada en un disco debajo de la piel. Fue el último gran caso de Dunia Muro, la más experimentada, la mejor detective de Mildecid. Recogió pistas, las ordenó y las valoró como a las figurillas de Monsters & Dragons. Y ellas, en fila india, le mostraban el camino a seguir. Entretanto, la nueva Inteligencia, en período de pruebas en la central, había escupido un sospechoso, con el mismo esfuerzo con el que se escoge una carta de un mazo. Nadie había creído que tuviera razón. Después de dos décadas, Dunia seguía sin creerlo. 

Quizá era por culpa de ese veintitrés de febrero, pero aún hoy en día, la detective no podía evitar pelearse con el robot, lo que sólo añadía leña al fuego en el que la iban a acabar quemando, por loca. Sólo los niños y los abuelos discutían con la Inteligencia Artificial. Los profesionales debían saber distinguir cuando estaban hablando con una máquina. Cuando se dio cuenta que media central se había vuelto para observarla, decidió levantarse a recoger su café, pero entonces la Inteligencia volvió a resonar en sus oídos. 

–¡Espera! Alguien se acerca para hablar contigo. Mira que sois primitivos a veces ¿no sería más fácil llamar? Vuestro mundo está plagado de ineficiencias. Os iría mejor si confiarais en los robots. 

La policía se levantó para recibir a su visita. 

–¡Mati! ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a saludar? 

–¿Eh? No. Laura me ha asignado para ayudarte con el caso del parque de Neptuno. 

–Y ¿por qué haría eso la comisaria? El caso parece tener muy fácil solución. 

A Mateo no se le daba bien mentir. Aunque estaban separados varios metros, Dunia se dio cuenta de que le ardían las orejas. Se rascó la nuca y tardó unos buenos tres segundos en pensar cómo evadir la pregunta. 

–¡Sí! ¡El caso tiene fácil solución, no hay duda! La probabilidad… 

–¡Acércate, anda! A mi edad, el oído… ya sabes. 

–Hay soluciones quirúrgicas para eso. –gritó Mateo–. La probabilidad que la Inteligencia ha estimado para el suicidio supera con creces el umbral para la duda e intervención humana. 

–¡Bueno! Pues si lo dice la Inteligencia, no hay más que hablar. 

–Claro. Las variables que maneja… 

Dunia volvió a interrumpir 

–Sísísí. ¿qué deberíamos hacer ahora, mi querido compañero? 

–Dar por bueno el informe de la Inteligencia y comunicar el análisis a la familia, desde luego. 

–¡Una idea estupenda! ¡Vamos a hablar con la familia! 

–¿Y el informe? 

–Luego, luego –y, quitándose sus auriculares reglamentarios, se colgó del brazo de su nuevo compañero, y salió del edificio. 




[1] Mevú: Megalópolis de Universos virtuales 

Capítulo 2

El permiso de inspección interna le tenía que haber sido retirado en 2035. Pero en esas fechas, bastante caos tenían en su unidad con la implantación de la Inteligencia. Un día de estos, alguien se daría cuenta y puede que hasta se molestara en hacer algo al respecto. Hablar con un programador, con alguien de la científica. ¡Bah! Se reclinó en la silla, como si tuviera un cubo de palomitas en el regazo y observó cómo Mati entraba en el despacho de la comisaria.

Mateo Lago, alias Mati, era un joven y prometedor ingeniero de software atrapado en el cuerpo de un señor de cuarenta años. Su inevitable barriga contrastaba con los peinados y ropa de moda que le gustaba lucir. Su cazadora funcional, por ejemplo, era una maravilla. Se adaptaba al calor o al frío y reflejaba la luz en bonitos tonos turquesa. Una lástima que no la pudiera abrochar.

Empleado modelo en todo caso, varios diplomas virtuales destacaban su compromiso con el cumplimiento de las normas internas. Era posiblemente el único policía que cumplía con los objetivos de ejercicio diario prescritos para él por la Inteligencia. El único que, a las nueve de la mañana, fresco y desayunado, esperaba impaciente a Laura Temp, la comisaria, abriendo y cerrando distraído los cajones de su escritorio. Sólo pareció darse cuenta de que la dueña del despacho había llegado cuando la mano de la comisaria cerró de golpe el cajón con el que jugaba, casi pillándole los dedos. Entonces se apartó.

Laura volvió a abrir el cajón, sacó un desinfectante y un pañuelo, y se puso a frotar la superficie de la mesa y todo lo que los dedos extraños hubieran podido tocar. Por último, se frotó sus propias manos, tiró el pañuelo a la papelera, y envuelta ahora por un aroma artificial de pinos, miró a Mateo interrogante.

Cuando Laura se enfadaba la carne fofa del cuello temblaba como la de una gallina. No es que la comisaria fuera contraria a la ingeniería cosmética, como podrían atestiguar sus pómulos de muñeca. Lo más probable es que simplemente no fuera consciente de ese pequeño defecto, o sí que lo era y prefería dejarlo como único testigo del medio siglo que ya había pasado en esta Tierra. Quizá sin ese pellejo, Laura hubiera sido demasiado atractiva. Su melena rubia ceniza, ridículamente espesa, era la envidia de la central.

Gracias a la piel del cuello, nadie hubiera tenido problemas para darse cuenta de que Laura estaba molesta. Nadie, excepto quizá el detective García.

–¡Un asesinato! ¡Tenemos un asesinato! –dijo juntando las manos de emoción.

–Un posible asesinato al que no estás asignado– Le recordó la comisaria, sentándose en su escritorio y encendiendo su pantalla.

–Pero… Tiene que haber algún error. Mírala –Mateo señaló con la cabeza fuera del despacho, en dirección al océano de escritorios, y a uno en concreto–. Esta mañana estuvo otra vez discutiendo en voz alta con el algoritmo ¿Cómo puede la Inteligencia haberle asignado el caso a ella? ¿No debería haberse jubilado hace una década?

Laura respondió sin mirarle

–¡Ah! ¿Ahora resulta que la Inteligencia se equivoca?

Mateo ponderó la cuestión

–No es probable, pero es posible. Las variables con las que la Inteligencia aprende se van modificando en el tiempo. Una entrada puede perder validez en un segundo, pero seguir influenciando el resultado. Una persona física puede reaccionar más rápidamente que el algoritmo en ciertos…

Laura alzó la voz y las manos al cielo.

–¡Era una pregunta retórica! Esa mierda de robot no hace más que equivocarse.

Mateo trató de enumerar las veces en que el algoritmo se había equivocado. Hace años, al principio, quizá, pero ahora, salvando detalles menores, no podía acordarse de ningún caso en el que la Inteligencia tuviera que ser corregida por un oficial. Sin duda Laura no tenía datos fiables.

La comisaria suspiró.

–La inteligencia piensa que es un suicidio, por eso le ha asignado el caso a ella. Y ¡Qué coño! Estoy de acuerdo con la mierda del robot, pero con un niño rico de por medio vamos a ver nuestras caras a diario en todas las pantallas del país. Y no creo que la Inteligencia tenga en cuenta lo poco que me gusta que me graben. Así que te vas a pegar a Dunia y vas a solucionar esto para mañana. ¿Entendido? Mateo miraba al infinito y Laura repitió ¿entendido?

–Hubo un caso en Tokio. El mismo software. Se filtraron las imágenes del escáner con las entrevistas a sospechosos. Por eso todavía no se ha logrado admitir el escáner mental como prueba en juicio.

–¿De qué hablas?

–No se me ocurre otro caso en el que la Inteligencia se haya equivocado.

Laura tomó aire para volver a gritar, pero se interrumpió. Crema. Espuma. El aire tenía una textura dulce y amarga a la vez. El sol de la tarde calentando los escalones de la Piazza de España. La irresistible necesidad de pedir un cappuccino. Laura tocó un par de botones en la pantalla mientras murmuraba «tendría que ser ilegal».