El corazón de la vieja detective latía a toda velocidad. ¿Un asesinato? Ya no se investigaban asesinatos. Y si algo remotamente parecido a un asesinato necesitaba investigarse, no sería ella, la detective más incompetente de la central (datos objetivos medidos y compartidos por la Inteligencia), la que se encargaría de tal investigación. Dunia llevaba dos décadas atendiendo casos de adolescentes que se desviaban al bar de camino a casa y siendo amonestada en varias ocasiones por acabar compartiendo una experiencia de opio virtual con la víctima en cuestión. ¿Dónde estaba el truco? Una parte de ella, que llevaba dormida veinte años, se estaba desperezando. Era ese sabueso que olfateaba sospechosos mejor que un escáner mental.
Ahora sí, por fin, la Inteligencia le mostró las imágenes del caso que se le había asignado. «Suspender el juicio hasta valorar las pruebas», se dijo a sí misma, y puso los cinco sentidos, y el sexto, la intuición y el instinto, en el vídeo que la Inteligencia proyectaba en su pantalla.
Un adolescente de unos quince años entraba desnudo en el invernadero del jardín botánico del parque de Neptuno. Las imágenes habían sido compuestas por retazos de vídeos de calidades diversas, y le daban a la escena un aire onírico, de cuento de brujas y niños perdidos. Las ramas de los sauces acariciaban la piel blanca del chico, en una composición casi teatral. El vídeo no tenía sonido, así que la figura blanca parecía flotar entre los troncos. Tras varias rápidas zancadas el chico se llevó la mano al pecho, se agazapó en un manto de petunias, bajo las ramas de un sauce, y pareció quedarse dormido acariciado por la luna.
–¿Eso es todo? –preguntó Dunia a la Inteligencia
–¿Qué más quieres? El chico apareció muerto por la mañana, ergo, tenemos un posible caso de asesinato. Para ser exactos, la probabilidad de un asesinato es menor del 0,01 por ciento. La probabilidad de muerte natural es de un uno por ciento, aunque podría subir dependiendo del análisis forense. Nota. No estamos autorizados a realizar un análisis forense. La probabilidad de un suicidio es del noventa y ocho coma noventa y nueve por ciento. He estudiado su perfil en Mevú[1]. La víctima tenía una baja presencia online, un alto respeto por la autoridad y un perfil de consumo similar al de un ciudadano de la tercera edad. Un suicida clásico.
La joven Dunia, la detective, se había despertado. Era demasiado tarde para adormecerla con estadísticas. Los crímenes también son anomalías y excepciones. ¿Por qué no se puede hacer una autopsia? Y si no se puede ¿cómo piensan que se ha suicidado el chico? Tenía un millón de preguntas y empezó por la que quizá no fuera la más esencial.
–Y si ya lo tienes todo claro, ¿para qué me necesitas?
–Por tus cualidades intrínsecamente humanas. Las familias de las víctimas no suelen reaccionar bien a las conversaciones con Inteligencia Artificial, da igual el grado de empatía que el robot sea capaz de transmitir.
La inteligencia fingió un suspiro y continuó con su simulación de voz melosa.
– Aunque sea una máquina como yo, con un corazón tan grande que llega a los cinco continentes. ¡Sí! ¿Lo sabías? ¡También las centrales de Sídney y Melbourne han decidido confiar en nuestro software!
–¿Sí? Yo confío más en los aciertos de una moneda al aire. Es más barato.
–Ja. Ja. Ja. ¿Una broma? Deja que almacene esa respuesta en mi base de datos. No siempre estás tan despierta, Dunia. ¿Recuerdas el 23 de febrero de 2045? Yo sí. Tengo un sistema de ficheros distribuidos que hace imposible la pérdida de información. Por el contrario, el almacenamiento de datos humanos es de risa. No hacéis más que distorsionar información.
La detective humana recordaba esa fecha como si también estuviera grabada en un disco debajo de la piel. Fue el último gran caso de Dunia Muro, la más experimentada, la mejor detective de Mildecid. Recogió pistas, las ordenó y las valoró como a las figurillas de Monsters & Dragons. Y ellas, en fila india, le mostraban el camino a seguir. Entretanto, la nueva Inteligencia, en período de pruebas en la central, había escupido un sospechoso, con el mismo esfuerzo con el que se escoge una carta de un mazo. Nadie había creído que tuviera razón. Después de dos décadas, Dunia seguía sin creerlo.
Quizá era por culpa de ese veintitrés de febrero, pero aún hoy en día, la detective no podía evitar pelearse con el robot, lo que sólo añadía leña al fuego en el que la iban a acabar quemando, por loca. Sólo los niños y los abuelos discutían con la Inteligencia Artificial. Los profesionales debían saber distinguir cuando estaban hablando con una máquina. Cuando se dio cuenta que media central se había vuelto para observarla, decidió levantarse a recoger su café, pero entonces la Inteligencia volvió a resonar en sus oídos.
–¡Espera! Alguien se acerca para hablar contigo. Mira que sois primitivos a veces ¿no sería más fácil llamar? Vuestro mundo está plagado de ineficiencias. Os iría mejor si confiarais en los robots.
La policía se levantó para recibir a su visita.
–¡Mati! ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí? ¿Vienes a saludar?
–¿Eh? No. Laura me ha asignado para ayudarte con el caso del parque de Neptuno.
–Y ¿por qué haría eso la comisaria? El caso parece tener muy fácil solución.
A Mateo no se le daba bien mentir. Aunque estaban separados varios metros, Dunia se dio cuenta de que le ardían las orejas. Se rascó la nuca y tardó unos buenos tres segundos en pensar cómo evadir la pregunta.
–¡Sí! ¡El caso tiene fácil solución, no hay duda! La probabilidad…
–¡Acércate, anda! A mi edad, el oído… ya sabes.
–Hay soluciones quirúrgicas para eso. –gritó Mateo–. La probabilidad que la Inteligencia ha estimado para el suicidio supera con creces el umbral para la duda e intervención humana.
–¡Bueno! Pues si lo dice la Inteligencia, no hay más que hablar.
–Claro. Las variables que maneja…
Dunia volvió a interrumpir
–Sísísí. ¿qué deberíamos hacer ahora, mi querido compañero?
–Dar por bueno el informe de la Inteligencia y comunicar el análisis a la familia, desde luego.
–¡Una idea estupenda! ¡Vamos a hablar con la familia!
–¿Y el informe?
–Luego, luego –y, quitándose sus auriculares reglamentarios, se colgó del brazo de su nuevo compañero, y salió del edificio.
[1] Mevú: Megalópolis de Universos virtuales
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