Una hilera de brillantes motocicletas autónomas aparcadas en la puerta del edificio ofrecían lo mejor de los avances en automoción de la última década al agente que así lo deseara. Sus asientos todavía olían al cuero falso de la fábrica, y algunas pantallas todavía contaban con ese plástico protector que tanto gusto da pelar. Su forma de huevo aseguraba estabilidad sin precedentes y su hoja de servicios mencionaba el hecho de que el modelo nunca se había visto involucrado en un accidente. Pero los policías apenas las utilizaban. Las encontraban «poco estables» y se quejaban de que «dejan al agente expuesto». «Expuesto al ridículo», solía responder Dunia. «Porque mira que son feas esas cosas».
El único problema que tenían las motocicletas es que eran motocicletas, y contra eso, poco se podía hacer. En una época en que casi todos los males del cuerpo tenían cura, perder una extremidad, o peor, matarse en un accidente de tráfico, era una de las cosas más idiotas que podían pasarle a uno. La obsesión por la seguridad había privado a los bebés de casi todo tipo de juguetes, a los jóvenes de drogas y alcohol y a los adultos de pasar la crisis de los cincuenta conduciendo un coche de carreras.
Dunia inició los sistemas de seguridad, como le recordaba la máquina «por favor, ajuste el arnés, asegúrese de que sus pies están dispuestos en los estribos en paralelo a…», se reclinó en el asiento, dijo «al parque de Neptuno», y el huevo salió a toda velocidad hacia el acceso de la autopista subterránea.
Su recién adquirido compañero no había querido acompañarla. No pensaba que hubiera que vivir peligrosamente. Cuando el cuerpo se puede reparar, cuando la sensación de una descarga de adrenalina se puede simular, cuando hay miles de entretenimientos para las personas ociosas ¿para qué ponerse en peligro? Vivían en la mejor época de la historia. Nadie estaba obligado a trabajar ni a sufrir. Los robots habían acabado con la maldición bíblica que pesaba sobre la humanidad y la gente podía disfrutar de muchos años mientras procurara no destrozar su cuerpo. Mateo cogió el metro.
A no ser que detectara la presencia de un peatón a menos de diez metros la moto no hacía ruido alguno, pero cuando cogía un poco de velocidad el aire le revolvía el pelo al pasajero, y si giraba bruscamente, el huevo se inclinaba a uno u otro lado, y este pequeño bamboleo que tan nerviosos ponía a algunos agentes, a Dunia le resultaba de lo más agradable. En lo que pareció un segundo, la moto llegó al barrio Olimpo. El nuevo barrio a cincuenta kilómetros de Madrid, crecido al fuego lento del dinero de las robóticas, era dónde los nuevos ricos levantaban sus monumentos plásticos al mal gusto. Lo único que pudo poner de su parte quién quiera que hubiera diseñado ese espacio, fue una fuente de Neptuno de piedra auténtica y una colección de árboles centenarios, comprados a la ciudad de Madrid. Pero no era el parque con sus ramas centenarias lo primero que llamaba la atención del visitante, sino el inmenso castillo con torres coronadas de tejados rojos. Un castillo que merecía un impreciso grito de admiración. Un ¡hay que tener valor!
La moto dejó a su pasajera a las puertas del castillo y, sin un sonido, se fue dónde el algoritmo calculaba que podía ser más útil.
Mientras esperaba a su compañero, Dunia observó el castillo, las casas colindantes, otros delirios de grandeza impresos, y el invernadero en el parque, al otro lado de la calle, que parecía un juguete en comparación. El escenario del crimen pensó, y, movida por un instinto viejo, casi un acto reflejo, cruzó la calle y caminó por el parque, bordeando la fuente de Neptuno. Empujó la puerta de cristal y las jambas se abrieron para ella, como para cualquiera que pasara por allí. Todos los datos que podrían resultar de interés ya habían sido recogidos automáticamente y no tenía sentido limitar el paso de los ciudadanos al lugar del presunto crimen. Respiró el aire denso y perfumado dentro del edificio, y avanzó.
No había un alma, y, sin embargo, se sentía observada. ¿Alguien había pisado o una rama? ¿O eran los chasquidos de las copas de los castaños peleando fuera del edificio? El viento de otoño silbaba furioso fuera del edificio de cristal, como si quisiera cubrir la presencia de alguien. Dunia se llevó la mano a la cadera, dónde guardaba su pantalla, y caminó despacio por el camino principal, mirando a izquierda y derecha. ¿Dónde estaban los sauces?
Otro chasquido le hizo volverse violentamente con la pantalla en la mano. Se dio la vuelta lentamente, observando cada tronco y cada piedra, pero no vio a nadie. Siguió avanzando algo más rápido, sin dedicar más que un vistazo a las decenas de orquídeas rosáceas que exhibían sus encantos desde sus sábanas verdes. Comenzó a sudar en su vieja cazadora de cuero. Se dijo que quien quisiera atacar a una señora mayor habría tenido tiempo de sobra para hacerlo, pero no había acabado de formular la frase en su cabeza cuando oyó un leve zumbido. «¿Quién está ahí?», gritó.
El zumbido se hizo más fuerte al acercarse, las ramas del suelo crujían ahora sin disimulo bajo el peso de un pequeño robot con forma de hoja que se hizo visible desde detrás de un macizo de gardenias. «¿Desea saber más sobre el jardín botánico del parque de Neptuno? Puedo ofrecerle una visita guiada».
¡Dios! ¡Como odiaba a los robots! Se sentó en uno de los bancos que salpicaban el camino principal, se quitó la cazadora y recuperó el aliento lo suficiente como para preguntar a la hoja si almacenaba datos sobre las visitas al jardín.
«Sí. Puedo ofrecerle datos ¿Desde qué fecha? ¿Quiere la media, la mediana? ¿Una gráfica, quizá? ¿Quiere un despliegue por edad, días de la semana, horas?» La mirada de odio de la humana le pasó totalmente desapercibida a la pequeña máquina, que estaba programada para mostrar alegres fotos de plantas y árboles mientras dialogaba con el usuario. «Quiero ver las visitas desde las cinco de la tarde a las nueve de la noche de ayer».
El robot pareció meditar un largo rato y por fin dibujó los ejes de una gráfica en la que brillaba un sólo punto. Dunia arrugó la frente «Enséñame las visitas desde las dos de la tarde?». Esta vez la máquina escupió sin apenas dudar la misma gráfica, con el mismo punto luminoso. La policía pidió a la máquina que le mostrara el itinerario de esa única visita.
Tras un breve paseo por un camino de tierra, Dunia reconoció el sauce y las petunias que había visto en su pantalla. La tierra aún conservaba la forma del cuerpo adolescente. La policía se acuclilló, tomó un puñado con las manos, se la llevó a la nariz. ¿Qué esperaba encontrar? Miró alrededor. Nada. El asesino no había dejado huellas, ni colillas de cigarrillos, ni siquiera un punto luminoso en la pantalla de un robot. Se levantó y volvió a observar el escenario del crimen. Desde luego, puestos a escoger un lugar para morir, este era uno hermoso.
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