En un par de días, Dunia se encontraba lo suficientemente bien como para volver a casa. Incluso le habían dado permiso para volver a la comisaría. En una época en que el trabajo se consideraba un lujo y una opción, ¿por qué no aprovechar sus efectos beneficiosos para recuperarse físicamente? Al fin y al cabo, una de nuestras cualidades intrínsecamente humanas es el tener una raison d'etre.
Desde el hospital, se había enterado de los esfuerzos de Mateo por conseguir una autorización para la autopsia. Imposible. Sus nuevos amigos en la policía real habían estado ocupados y no podían ayudarle. Creían haber aislado el problema de las luces. Las aplicaciones que gestionaban el edificio de la unidad llevaban una década sin actualizarse. Al parecer, parte del software que utilizaban era comercial y con el cambio en los sistemas financieros de la policía (ahora dependían de la Inteligencia) se había olvidado el pago. Una vez instalado un software moderno, no sólo no esperaban ningún problema en adelante, sino que, si algún día decidían aprobar el presupuesto para bombillas compatibles, la Inteligencia podría programar la longitud de onda a su antojo a lo largo del día. ¿Para qué podía servir eso? A Dunia le importaba un pimiento.
La Inteligencia dio la bienvenida con su voz de adolescente cachonda.
–Buenos dííías. ¡Enhorabuena! Tu situación está entre el 0,000000098 de las posibles. Una entre un millón, como decís los humanos de forma inexacta. En realidad, se acerca más a una entre diez millones.
–Gracias.
–No me des las gracias. Te hace mayor. El software de los coches autónomos te lo agradecen. Han aprendido mucho del suceso.
–¿Esperaban mis queridos compañeros que sobreviviera?
–Lo consideraban inevitable.
Dunia sacó un analgésico del bolsillo de su chaqueta y se lo metió en la boca.
–Muy bien. Olvidemos por ahora a mis compañeros. Quiero ver todo lo que tengas de Horacio Tool. Empieza por lo más reciente.
Como si la hubieran oído, sus compañeros comenzaron a desfilar por su escritorio. Todos estaban interesados en saber cómo era posible que un coche autónomo la hubiera atropellado. Mucho más interesados en los detalles técnicos y las decisiones éticas del coche, que en saber qué, a pesar del analgésico, la cabeza le dolía como si una jauría de monos se estuviese peleando dentro. «¿No viste a otros peatones? ¿Qué modelo era? ¿Sentiste la vida pasar por delante de tus ojos? ¿Sientes rencor hacia el vehículo?». A la hora de comer, cansada de ser el centro de atención de un debate teológico y moral que no había pedido, se fue a casa. Allí, en pijama, y con una primitiva bolsa de agua caliente en el regazo, la encontró Mateo.
–¡Tenías razón! ¡Tenías razón! Perdona, quería decir ¿Te encuentras bien? ¡Tenías razón! Por fin ha llegado la respuesta de Alphalife. ¿Has tenido que levantarte para abrirme la puerta? Suponía que el estado tecnológico de tu casa no iba a ser precisamente state-of-the-art, pero… ¡Patente! ¡Está protegido por patente! ¡El cuerpo! ¿Qué va a ser? ¿Entiendes lo que significa?
Quizá eran los analgésicos, pero no, no lo entendía. Por suerte sabía que Mateo iba a contárselo con todo lujo de detalles incomprensibles. Se acomodó en el sofá e indicó un sitio a su lado. El policía se sentó después de una larga mirada en torno suyo. Su pequeño museo de los años veinte, o como ella lo llamaba, el salón de su casa, solía llamar la atención de los visitantes. Cables. Pantallas. Una cafetera. Libros y posters de Monsters & Knights detrás de una vieja lámina de vidrio. Un sofá de muelles. Radiadores. ¡Radiadores! La gente solía preguntar medio en broma que donde guardaba el teléfono. No tenía teléfono, pero tenía su uniforme azul de algodón y su gorra reglamentaria guardados en el armario, como un vestido de novia de las de hacía medio siglo.
La excitación del policía era doble, por eso resultaba aún más difícil que de costumbre seguir el hilo de su discurso. Por un lado, se confirmaba que la empresa Alphalife había pasado a una nueva fase en su proyecto de inmortalidad. Al parecer, la primera fase consistía en inyectar nanorobots inactivos, nada novedoso. La segunda fase, más interesante, y protegida por patente, era programar los nanorobots desde el exterior. Todo parecía indicar que este paso todavía necesitaba perfeccionamiento.
Mateo no podía estarse quieto en el sofá. Se levantó y comenzó a dar vueltas por el salón levantando los brazos como una mariposa gigante.
–¡Secreto industrial! ¡En estos tiempos! ¿Por qué? ¿Por dinero? ¡Absurdo! La Inteligencia ahora estima que la posibilidad del suicido es sólo del diez por ciento, y la posibilidad de un error en el proyecto de Alphalife podría ser del cincuenta y siete por ciento. Necesita los detalles del proyecto para hacer un informe definitivo. ¡Tenemos que hablar con el doctor Márquez!
Dunia sacudió la cabeza.
–Siéntate, calma. Es tarde. Ahora no podemos hablar con nadie. Aprovecha el tiempo para pensar.
Dunia se levantó con esfuerzo. En los últimos días había aprendido que las piernas se habían llevado la peor parte del golpe, y cuando llevaba un rato sentada, cada cambio de posición venía acompañado de dolores y pinchazos. Podría abusar de los analgésicos. Hacía años que esas sustancias no tenían peligro, pero a Dunia le parecía que las drogas se habían vuelto demasiado inteligentes. Se acercó a una pequeña vitrina llena de copas elegantemente talladas y sacó una botella. Mateo la miró como si sujetara un cadáver.
–¿Desde cuándo tienes eso?
Dunia se encogió de hombros.
–El alcohol no se pone malo. ¿Tú te acuerdas de cómo sabía el whiskey de verdad?
–¡Exactamente igual que el que te sirven hoy en cualquier sitio! El sabor está diseñado a nivel molecular. La experiencia de beber una copa de whiskey ahora es idéntica a la de hace veinte años, menos los efectos indeseados.
–¿Quién dice que son indeseados?
–Si lo deseas, puedes programar una experiencia virtual, no necesitas envenenarte.
–Gracias por la lección. Veo que conoces la publicidad de JB. –respondió Dunia mientras se llevaba la botella a la cocina. –No me cuadra. ¿Por qué pondría el doctor en peligro a su hijo con una técnica peligrosa? Seguro que dispone de mil conejillos de indias. Jano no estaba enfermo, era joven, y es evidente que su padre se preocupaba por él. No tiene sentido.
Salió de la cocina con dos vasos llenos de un líquido oscuro que posó en la mesita del salón. Mateo se había sentado, la mirada ahora fija en los cables que salían de su televisión.
–Es una instalación eléctrica de hace veinte años. –se justificó Dunia. –Toma. ¡Vamos a celebrar que estoy viva!
Levantó la copa y luego se acomodó con ella en el sofá. Suspiró.
–Eres detective, ¿no tienes curiosidad?
Mateo, aprensivo, levantó la suya, se la llevó a la nariz, y después a la boca, para dar un minúsculo sorbo.
–Sabe igual. Exactamente igual. –Después volvió al caso– ¡Quién sabe por qué lo haría! Un exceso de confianza, posiblemente. ¡Ya nos dará la Inteligencia la razón más probable! Lo importante es que sabemos lo que ha pasado.
–Yo no estoy tan segura.
Daba igual. Mateo había cerrado el caso en su mente. Y a las dos horas, parloteaba alegremente sobre una vida inmortal. Se estimaba que solo los menores de cuarenta y cinco años con todos sus órganos intactos y una genética limpia tenían una oportunidad. Dunia sospechaba que el detective cuarentón no era sensato cuando calculaba sus probabilidades. Ahora brindaba por el proyecto de Alphalife, seguro de poder participar en él, sin darse cuenta ni por un segundo de lo desconsiderado que estaba siendo hacia la víctima y también hacia su compañera. Quizá algún día, después de los doctores en robótica y los grandes empresarios, se daría la oportunidad a algún asalariado. Alguien joven y prometedor. Estaba claro que en esa lotería nadie iba a ofrecer a Dunia la oportunidad de comprar un billete.
Pero la detective agradecía la compañía, e incluso la honestidad casi infantil de Mateo, quién había recogido la botella de la cocina, y prácticamente se la había terminado. El alcohol hacía milagros tanto en sus piernas como en el desasosiego que sentía cuando pensaba en Horacio y en los asesinos de Lázaro. Mateo tenía los ojos entrecerrados y una sonrisa en la boca. Dunia se acercó para echarle una manta por encima. La calefacción de su piso no estaba controlada por ningún tipo de Inteligencia.
–Te equivocas, Dunia. Es un caso cerrado. Te equivocas como te equivocaste con Andreas Mun.
Dunia no quería pensar en Andreas Mun. En sus brazos esculturales, su media sonrisa de galán de cine a la que sólo le falta el cigarro colgando, su espesa melena negra, su sicopatía diagnosticada. Dejó a Mateo roncando, encendió su pantalla y se puso sus gafas de realidad virtual. En Monsters & Knights nadie juzgaba a Dunia Muro, porque Dunia Muro no existía. En el cuerpo de un caballero templario subido en los lomos de un corcel de crines blancas, estaba por encima de sus problemas. Era de la cabeza a los pies un ser dedicado al bien y la justicia. El videojuego le ayudaba a pensar.
–Escenario batalla medieval.
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